La Costumbre del Poder: Globalidad y Constitución

 Gregorio Ortega Molina 17 de julio de 2019 – 00:13

 
La globalización implica ceder soberanía, en todos los ámbitos, y a eso se han plegado nuestros gobernantes desde 1993, cuando se estamparon las firmas del TLC, hasta lo que haya sucedido ayer, con los aranceles, los migrantes y el T-MEC en suspenso
 
 
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El modelo económico de desarrollo es la globalización, instalada incluso en China y Rusia. Imposible sustraerse a sus acciones y compromisos sin consecuencias graves. Las derrotas económicas crean más bajas que las bélicas. Alemania lo padeció como resultado del Tratado de Versalles, el resultado fue el nacional socialismo, los campos de concentración, el horror con la mano alzada para saludar al tío Adolfo y sus decisiones.

No recuerdo con exactitud en qué momento de mi estancia como jefe de información del Consejo de la Judicatura Federal, se debatió sobre la constitucionalidad, o no, de los acuerdos internacionales a los que México se había adherido, y, como derivación, a los que se sumaría desde entonces. La deducción fue simple: no observar un convenio, un acuerdo bilateral o multilateral, rompe la norma constitucional. Así de simple lo consideraron, después de largos y sinuosos debates, en el Poder Judicial de la Federación.

Lo anterior viene a cuento por lo que ocurre con los incumplimientos de la Reforma Energética y en el trato a los migrantes que invaden México por todos lados. Sin clasificación y sin concierto. Los habrá con característica de refugiados, otros llanamente ilegales, los más en tránsito en busca de su quimera: llegar a vivir la vida en Estados Unidos, y porque no saben lo que allá les espera.

En la inquina de los WASP’S los latinos desplazaron hace mucho a los negros, hoy juiciosamente identificados como afroamericanos, por aquello de lo políticamente correcto.

Leo, en alguna de las diversas y abundantes columnas políticas de El Universal, del desencanto de la embajadora Anne Grillo, representante de Francia en México, por el incumplimiento de los convenios internacionales firmados por el gobierno de México y la industria farmacéutica gala, para surtir a nuestro sistema de salud de medicamentos, y la molestia por la presencia de representantes de la India en las nuevas y regeneradas licitaciones.

De ahí que se apresuraran a “renegociar” los empréstitos de la banca internacional con Pemex, por una cantidad de ocho mil millones de dólares, para reordenar las condiciones de pago, entre ellas el alargamiento de los plazos. No se trató de obtener dinero fresco, sino simplemente de posponer el pago para asegurar puntos favorables con las calificadoras.

La globalización, entiéndanlo, implica cesión de soberanía, en todos los ámbitos, y a eso se han plegado nuestros gobernantes, desde 1993, cuando se estamparon las firmas del TLC, hasta lo que haya sucedido ayer, con los aranceles, los migrantes y el T-MEC en suspenso.


 
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La Costumbre del Poder: A mano alzada

 Gregorio Ortega Molina 16 de julio de 2019 – 00:13

 
 
¿Qué sería del presidente de todos los mexicanos sin la mafia del poder, sin los fifís, sin los empresarios voraces? Su interlocución con el México bueno y sabio resultaría imposible
 
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Gobernantes, barones del dinero, líderes sociales, todos, ven a los seres humanos con desprecio, les estorban, causan molestia, plantean exigencias. Para contenerlos retoman del pasado los símbolos y gestos que duermen voluntades y desestiman la inteligencia, hasta que ésta despierta y asusta con las reacciones inesperadas, o consideradas del pasado.

El anti-judaísmo está de regreso -más que el antisemitismo, el Estado de Israel suscita un odio mayor, un rencor vivo- como lo muestran las esvásticas en los cementerios donde debieran descansar en paz los hebreos. No olvidemos el bochornoso episodio del hijo de Diana y Carlos que conmocionó a los ingleses y a su nobleza, al decidir disfrazarse de nazi para una fiesta estudiantil.

Pudiera suponerse que recurren a las antiguas voces de orden, a los símbolos aparentemente olvidados, o a los gestos que avergüenzan, porque desconocen la historia reciente, en el mejor de los casos, pero en el peor, proceden así con toda intención: imponer la voluntad del más fuerte, ya sea dentro del gobierno, la cofradía, la logia, la asociación religiosa, la banca o las lides sociales. El caso es mandar, sin importar las consecuencias.

La falange española se identificó con la mano alzada, lo mismo que los nazis y los fascistas italianos. Recomiendo vean la película El regreso de Mussolini, en la que se puede apreciar qué tan cerca están las sociedades contemporáneas de abrazarse a la extrema derecha, a la gesticulación de la mano alzada como un vínculo ante la hostilidad del poder. Es la seducción de la voz y el gesto para manipular conciencias, voluntades, elecciones. Nada hay que colabore más al ritual de la destrucción que vincularse en torno a un gesto, al de la mano alzada para dejarse penetrar por la sensación de que se pertenece al grupo. Es la contraseña entre quienes se consideran iguales.

En este tema de vejación en el que acepta la medianía para aplastar la grandeza, vale la pena retomar a Imre Kertész. En La última posada refiere… “la palanca de Arquímedes de nuestra identidad es, por lo visto, el otro. Su existencia es al mismo tiempo mi conciencia de mi identidad. Cuando falta el otro, no sólo la pérdida del amor y el duelo se adueñan de uno, sino también la inseguridad causada por la pérdida del rol. A veces la identidad común se revela como un falso estilo que de pronto contravenimos. Y entonces no restablecemos la verdad, sino que -eso sentimos al menos- cometemos traición. Uno pide disculpas sin cesar, por así decirlo: el duelo es la mala conciencia del superviviente”.

Preguntémonos con franqueza, ¿qué sería del presidente de todos los mexicanos sin la mafia del poder, sin los fifís, sin los empresarios voraces? Su interlocución con el México bueno y sabio resultaría imposible.
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La Costumbre del Poder: ¡Ay, Porfirio! ¿Desmontar un régimen?

 Gregorio Ortega Molina 15 de julio de 2019 – 00:13
 
Olvidaron articular ideológica e históricamente cómo se proponen gobernar, pues el presidencialismo no da para más
 
 
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Muñoz Ledo fue creador de instituciones útiles a la sociedad y al Estado; puntal discreto y en la sombra de las mejores causas ideológicas, como sucedió con la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, y el primer mexicano en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Sorprende ahora con su entrevista concedida a Proceso del 30 de junio último, en la que declara sobre la dificultad de desmontar un régimen, pero olvida que para hacerlo hay que tener concebidas, propuestas y estructuradas las instituciones con las cuales se sustituirá lo que se destruye, para sustituirlo ¿con qué?

Hoy olvidan la reforma del Estado, la propuesta de una cuarta República, porque si bien están empeñados en lograr una reingeniería social, saben o intuyen que la única manera de hacerlo es a la sombra del acedo caudillismo y al amparo de la presidencia imperial, en la idea de preservar la forma para que subsista el fondo de lo colocado para desplazar al proyecto de la Revolución. Es la perversidad de la permanencia del neoliberalismo más atroz, sólo rentable con el empobrecimiento de la mayoría.

Escribe Hannah Arendt en La condición humana que “nos enfrentamos con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, sin la única actividad que les queda. Está claro que nada podría ser peor”. Ella tuvo perfectamente estudiadas las consecuencias de la automatización y robotización antes de que se vulgarizaran los términos y los procesos económicos así conocidos. Hoy nada las detiene, ni los programas sociales frenará el deterioro de los jóvenes y los que pagan el costo de la supuesta transición, sólo fincada en la caída del empleo. Creo en lo dicho por Zoé Robledo.

Porfirio Muñoz Ledo, que fue capaz de anticiparse y ver más allá del común de los mortales, ha perdido la capacidad de análisis, pues acertadamente lo apunta Manuel Cruz en la introducción al libro de la filósofa Arendt: “Nada hay más fuerte y más débil al mismo tiempo que el recién nacido. La natalidad funda simultáneamente la renovación y la contingencia radical”.

¿Para dónde hacernos, entonces? La propuesta de un nuevo régimen está inconclusa, está en situación neonatal, porque sustituye al que ya murió, pero sin origen ni concierto, como si hubieran olvidado articular ideológica e históricamente cómo se proponen gobernar, pues el presidencialismo no da para más.

Además, coincido con Jesús Reyes Heroles, gobernar es optar entre inconvenientes. No existe el modelo político químicamente puro.

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La Costumbre del Poder: 1994: Salinas-Colosio (¿?) V/V

 Gregorio Ortega Molina 12 de julio de 2019 – 00:13
Es fácilmente demostrable que no es culpable de la muerte de su candidato presidencial, pero es cierto que es responsable porque no lo cuidó como era su obligación hacerlo
 
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Los problemas de Carlos Salinas de Gortari también son familiares. Las rivalidades establecidas con su hermano Raúl trascendieron a lo político, al escenario nacional y a la sucesión. El presidente de México siempre estuvo decidido a arrebatarle el mayorazgo en lo concerniente a la autoridad sobre los menores.

Algunas conversaciones hubo de sostener Marco Rascón con Carlos Salinas, o de plano le prestó el nombre, pues de otra manera no se comprende la “comprensión ficticia” de la complicada personalidad del creador de Solidaridad para sustituir al PRI. En toda la novela hay intención… justificación… y se convierte en un grito que implora por los brazos abiertos del México que lo aclamó, hasta que hubo de despojarse de la banda presidencial, y a lo peor un poco antes. Hay quienes todavía lo malquieren con perversa furia.

A punto de concluir, como un cierre en la relación con Raúl, el expresidente le dirige una carta fechada en Dublín. Tomamos lo que puede facilitarnos la comprensión del esfuerzo empeñado en hacer de 1994 un éxito.

“Raúl: Así son pudo ser un nombre para estas memorias, que me sugirió don Julio Scherer, pensando en cómo han sido mis aduladores, pero creo que el rencor no puede estar por encima de la obra modernizadora y, por eso, estas memorias no merecen ese título…

“El traidor de Córdoba Montoya ha dicho que no me debe nada; ¿ni la nacionalidad mexicana, ni el poder, ni la construcción del destino que ahora yo solo defiendo, frente al caos? La mía es una tarea solitaria que debo llevar hasta sus últimas consecuencias y contra la opinión y el poder que les queda a Roque, Zedillo, Hank y Córdoba…

“Perdido el Congreso por el PRI, le he dicho a don Julio que se han abierto para mí las posibilidades del regreso. Solidaridad será ahora una fuerza actuante, viva, contemporánea…

“Regreso gracias a que desde Dublín descubrí que yo era más un guía espiritual, un líder, un ordenador, que un simple gobernante con mandato limitado, aunque no niego que también fui lo segundo porque estoy también unido a la misión del sol para integrar al mundo…

Voy a regresar para que no nos convirtamos en la reencarnación de Manuel y Maximino Ávila Camacho, para que tú no acabes siendo olvidado por corrupto y a mi sombra; voy a regresar mejor para que las cosas vayan bien, no solo a nosotros, sino a ese país que tiene derecho a enfrentarse con su destino, mi destino”.

En esta última frase está la estatura histórica, moral, política de quien quiso llevarnos al Primer Mundo.

Es fácilmente demostrable que no es culpable de la muerte de su candidato presidencial, pero es cierto que es responsable porque no lo cuidó como era su obligación hacerlo.

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La Costumbre del Poder: 1994: Salinas-Colosio (¿?) IV/V

 Gregorio Ortega Molina 11 de julio de 2019 – 00:13

1994 y Memorias de un líder moderno no son inicio ni fin de lo que no tiene regreso. Sólo un esfuerzo desmedido de justificar la injustificable. La irresponsabilidad de descuidar el final de la HISTORIA

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El documental 1994 es un excelente trabajo periodístico y, al mismo tiempo, un fallido proyecto de imagen política. Carlos Salinas de Gortari no es rescatable para la historia.

Por el contrario, Memorias de un líder moderno no tiene desperdicio para los promotores del culto a la conspiración, ni para quienes se interesan en los motivos del fracaso del proyectado arribo al Primer Mundo para los mexicanos.

Marco Rascón no abrirá la boca, pero el cúmulo de detalles sobre los conspiradores para matar a Luis Donaldo Colosio, que en realidad desean destruir a Salinas, permite suponer que tuvo acceso a información que le facilita dar nombres; establece la operación de dos conspiraciones coordinadas, de las cuales tuvo conocimiento oportuno José María Córdoba Montoya. Identifica a la Red uno y la Red dos. Tiene la certeza de que el ubicuo Córdoba logra infiltrar la Red dos.

Describe con puntualidad la manera en que se ejecutó a Luis Donaldo Colosio, sostiene que el crimen empezó a urdirse a finales de 1991, debido al impacto creado por el gobierno salinista. Identifica al hombre que disparó a la cabeza del candidato del PRI como “El Negro” Martínez, y narra que después nada se sabe de él, porque lo sustituyen por Mario Aburto.

Creo que también es posible que Marco Rascón haya alquilado su nombre a la pluma de Salinas, y quien verdaderamente redactó la novela, al verla publicada se arrepintió y logró que la levantaran de los estantes de las librerías. Hay demasiada información oportuna para el momento político (1997), lo que obliga a suponer que el verdadero autor fue un hombre que concentró poder, y se negó a soltarlo.

Se han establecido diversas hipótesis sobre cómo y por qué fue necesaria la ejecución política del sonorense, pero poco se ha estudiado sobre la posibilidad de que el crimen fuese posible, gracias al desaliño con el que el presidente constitucional del momento, administró su último tramo de gobernanza. Considero que Carlos Salinas de Gortari fue absolutamente descuidado con la seguridad de su candidato, su sucesión, su futuro histórico, su imagen, que desde que Raúl, su hermano, fue detenido, se empeñó en componer.

Allí está la otra vertiente no estudiada de esta tragedia mexicana: la relación fraterna, política y de imagen que sostuvieron Carlos y Raúl, por sobre todas las consideraciones, incluso por encima de la prevención paterna.

1994 Memorias de un líder moderno no son inicio ni fin de lo que no tiene regreso. Sólo un esfuerzo desmedido de justificar la injustificable. La irresponsabilidad de descuidar el final de la HISTORIA.

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La Costumbre del Poder: 1994: Salinas-Colosio (¿?) III/V

 Gregorio Ortega Molina 10 de julio de 2019 – 00:13
A Colosio lo abandonó a su suerte, olvidó que era su candidato, su heredero; no vigiló conducirlo hasta el final, hasta transmitirle la banda presidencial. Se condujo de manera irresponsable para con él mismo
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Carlos Salinas de Gortari muere por ser referencia política e histórica de México. Para lograrlo es capaz de cualquier sacrificio, lo que revela el perfil psiquiátrico de su malestar frente al deterioro de su imagen.

Podría solucionarlo, es un animal político de enorme voluntad. ¿Se animará a contar la verdad y a dejar de lado su versión de esa verdad? ¿Es capaz de autocrítica y narrar sus errores, para descubrir en qué se equivocó y cómo nos perjudicó a todos los mexicanos? Es pregunta que permanecerá sin respuesta.

Pero su problema se complica. Nunca ha fracasado (según él), y cuando así ocurrió liquidó el problema, de una u otra manera borró toda referencia a la realidad cuando perdió, como ocurrió cuando ideó otra estrategia para acudir con el equipo hípico mexicano a juegos centroamericanos, a pesar de no haber calificado. Y está bien, ayuda a vivir consigo mismo, pero no resuelve el fondo, sólo lo niega.

Leer un breve diálogo de Joël Dicker, autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert, puede contribuir al esclarecimiento de mi propuesta de reflexión sobre el costo real del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, y su trágico final.

“Harry, si tuviera que quedarme con una sola de todas sus lecciones, ¿cuál sería?

-Le devuelvo la pregunta.

-Para mí sería la importancia de saber caer.

-Estoy completamente de acuerdo con usted. La vida es una larga caída, Marcus. Lo más importante es saber caer”.

La senectud no es exclusivamente física, lo mismo que la caída, el fracaso tampoco es estrictamente público. El destello de la fama necesita ser opacado por el brillo del éxito, por la trascendencia histórica de lo realizado, aunque se produzcan breves fogonazos que intentan destruir lo logrado.

Pero a Carlos Salinas de Gortari le ocurrieron sucesos que lo trascendieron, por no reconocer sus equivocaciones y soslayar la realidad. La ejecución de Juan Jesús Posadas Ocampo. La irrupción en el escenario internacional del EZLN. Los crímenes de Estado de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. Las corridas en contra del peso debidas a los berrinches de Jorge Carpizo y, finalmente, no pudo superar su temor a devaluar.

Es una realidad que él no fue y no es el culpable de esos sucesos, pero es el responsable, lo mismo que de las terribles consecuencias que apenas empezamos a pagar.

Me resulta imposible creer que no supiera cómo se urdió la ejecución del Cardenal en el aeropuerto de Guadalajara, o que no estuviera informado de los sucesos de Chiapas. Delegó, por estar exhausto y anticipadamente añorante del poder que dejaría de disfrutar.

A Colosio lo abandonó a su suerte, olvidó que era su candidato, su heredero; no vigiló conducirlo hasta el final, hasta transmitirle la banda presidencial. Se condujo de manera irresponsable para con él mismo.

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