García Márquez no debería atender falacias: Sábato

El escritor argentino Ernesto Sábato.

CIUDAD DE MÉXICO, 18 de abril, (Al Momento Noticias).- A propósito del fallecimiento del autor de Cien años de soledad, rescatamos una entrevista (1994) de Gregorio Ortega con Ernesto Sábato sobre una publicación de Gabriel García Márquez en El Espectador, en la cual hace alusión a una reunión que tuvieron Sábato y otros personajes con el dictador Jorge Rafael Videla, y en la cual el escritor argentino aparece “como un señor que va a almorzar con Videla (…) hablando de la comida cuando en el país se cometían centenares de crímenes”; ante ello, explica cómo se desarrollaron los hechos, y aunque habla sobre sus discrepancias políticas con el creador de Macondo, refiere su admiración hacia el escritor colombiano.

Después de algunas preguntas sobre cómo llegó a la literatura, sus ensayos, su incursión a la pintura y el puente entre ésta y la literatura, el entrevistador aprovecha para contar una anécdota y, con precisión, enlaza el tema de García Márquez:

…Sacando provecho de la digresión, planteé las preguntas políticas de rigor en torno a la Comisión de la Verdad y el perdón a los militares, Sábato se mostró consternado y prefirió recordar su posición desde el ángulo de un antiguo episodio —de la época de la dictadura— en el que Gabriel García Márquez fue injusto con él. Lo escuchamos con atención:

García Márquez publicó en El Espectador, de Bogotá, un artículo titulado “La última y mala noticia sobre el escritor Haroldo Conti (secuestrado en 1976)”. Dice en el párrafo que me alude:

“Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos —y entre ellos los dos más grandes— aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti (presidente de la Sociedad Argentina de Escritores) y el sacerdote Leonardo Castellani. Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y además agregó una lista de once escritores presos. El padre Castellani, quien entonces tenía casi ochenta años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel.

Perplejos escuchamos. Dejamos que se sirviera el café al cual fuimos invitados, y pusimos atención a su alegato. Lo repitió como hace tantos años.

Cuando se da una información de tal gravedad, se debe ser muy cuidadoso con cada una de las palabras y estar rigurosamente seguro de las fuentes. Tal como se presentó el hecho, aparezco como un señor que va a almorzar con Videla, manteniéndose en silencio sobre el gravísimo hecho de un secuestro a un escritor conocido, o hablando de la comida cuando en el país se cometían centenares de crímenes. Por lo visto mis innumerables y conocidas denuncias de esos crímenes en todos los diarios del mundo, empezando por los de mi país, no me ponen a cubierto de esta clase de comentarios injustos. Pero veamos cómo se desarrollaron los hechos”.

Y apoyado en documentos, para que la memoria no lo traicionara, contó parte de lo que nunca más debe repetirse:

“A las pocas semanas de instaurada la dictadura militar, fueron invitados a conversar con el presidente diversas figuras representativas del país –empresarios, abogados, médicos, académicos, economistas, periodistas- para enterarlas de los motivos que las fuerzas armadas habían tenido para terminar con el régimen anterior y para reprimir la subversión; conversaciones que tenían por fin, también, recibir opiniones de los diversos sectores. En el caso de la reunión a la que yo concurrí, se dijo que la presencia de un escritor liberal como Borges, de uno de la izquierda democrática como yo, del presidente de la sociedad de Escritores y de un sacerdote proveniente del nacionalismo de derecha, como Castellani, aseguraba representatividad a los sectores culturales no comprometidos con el terrorismo. Era idea generalizada en todos los argentinos que Videla encarnaba la parte moderada de las fuerzas armadas y que era estrechamente vigilado por los generales, almirantes y brigadieres duros. Precisamente por esta característica fui instado, ante mi vacilación, por personas eminentes del campo democrático y del sindicalismo a que concurriera, como una posibilidad de que alguien pudiera denunciar los gravísimos delitos que se estaban cometiendo; así, por mi casa desfilaron en aquellos días cantidad de argentinos angustiados, incluyendo padres y madres de desaparecidos que me rogaban, muchas veces entre sollozos, hablara ante el presidente por todos los que no podían hacerlo, y en la vaga esperanza de que Videla pudiese influir sobre los militares más implacables”.

Su camisa a cuadros rojos y azules, sus lentes, sus ojos, su estatura cambiaron de dimensión y de textura. El humanista Sábato empezó a ocupar el lugar que es suyo en la lucha contra la dictadura, en su afán por terminar con los totalitarismos. No permitió interrupción alguna, y sólo quedaba escucharlo en silencio.

“En tales condiciones acudí a la entrevista. Lo que allí sucedió –felizmente- está registrado con toda amplitud y fidelidad en el diario La Razón de esa misma tarde, 20 de mayo de 1976, y en la página entera que La Opinión, dirigida por J. Timerman, dedicó a mis declaraciones textuales durante el encuentro. Esos son los únicos documentos a los que debe remitirse, puesto que no fueron desmentidos en una sola palabra por la presidencia de la nación, ni en aquel momento ni nunca después. En esos dos diarios García Márquez encontrará la descripción textual de la entrevista, mis denuncias sobre las persecuciones, mi defensa de la libertad y de un estado de derecho. Por otra parte, durante este trágico lapso he hecho innumerables declaraciones en el mismo e invariable sentido”.

Da cuenta de fechas y nombres de diarios o publicaciones periódicas. Y sabemos que el corolario es la Comisión de la Verdad, el libro blanco de los crímenes de la dictadura y todo su trabajo que va más allá de la historia oficial o de cualquier mérito que quieran regatearle dentro o fuera de Argentina. Bebe café, se da aliento, retoma los hechos que construyen su historia y la de su país.

“Debo agregar, por su extensión, el ensayo publicado a fines de 1976 en Buenos Aires tituladoNuestro tiempo del desprecio, que el lector puede leer ahora en el volumen Apologías y rechazos; un reportaje de dos páginas en La Nación de Buenos Aires en defensa de la libertad y contra las dictaduras y, en fin, la declaración hecha a la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA –que me visitó el 10 de septiembre de 1979- publicada en todos los diarios de Argentina y algunos del extranjero.

“En forma casi maniática he repetido mi repudio a todas las violaciones de los derechos humanos, vengan de donde vengan, pues el respeto por la persona debe ser absoluto y su violación no debe ser justificada en ningún caso, ni en nombre de razas o pueblos superiores ni invocando hermosos ideales, como el de la justicia social o el de la liberación nacional, y, sobre todo, si se los invoca. Ni crímenes de la represión ni crímenes del terrorismo de izquierda, que siempre conducen, además, a la instauración de las peores dictaduras, como fue precisamente el caso de Argentina y mañana mismo puede ser el de España. No hay violaciones execrables y violaciones beneficiosas; admitir la posibilidad de crímenes legítimos es el más tenebroso de los sofismas, e invariablemente ha conducido a mayores barbaries. Esta denuncia bilateral no me ha sido perdonada por cierta izquierda que calla las atrocidades de los regímenes totalitarios comunistas, y así se me ha tratado de invalidar, ya sea con el silencio, con la intimidación o con la calumnia, como fue la crónica de la revista Crisis sobre la famosa entrevista obtenida a partir de un hombre como el padre Castellani que, aparte de su conocida militancia nacionalista de derecha, estaba ya debilitado por la senilidad y la sordera. También se me ha intentado presentar como una especie de reaccionario por haberme retirado del movimiento comunista a partir de los crímenes del estalinismo y a pesar de haber mantenido tenazmente mi doctrina de justicia social y libertad. Doctrina en virtud de la cual he usufructuado el doble beneficio de ser considerado como rojo por los reaccionarios y de reaccionario por los rojos”.

Es cuestión de atreverse a cargar con la culpa de ser objetivo, o al menos de pretender serlo. Pareciera que no hay más que agua o sopa y no podemos acceder al café y mucho menos a la carne. Necesitábamos escuchar el final, lo pedimos y él accedió, como al principio.

A pesar de nuestras discrepancias políticas, admiro a García Márquez como escritor y porque con su obra ha contribuido a enriquecer el tesoro cultural de nuestra América Latina. Mucho me alegraría que en otra ocasión tenga presente esta doctrina que profeso sobre el hombre –el hombre concreto, el sagrado hombre de carne y hueso sin el cual toda literatura pierde sentido- para que aun discrepando, no se deje arrastrar por informaciones parciales y falaces”.

AMN.MX/jcm

About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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