Certeza, sinceridad, absoluto

Gregorio Ortega Molilna 

Palabras de bienvenida a Cuaderno de Notas, en el que escribe Gregorio Ortega Molina, trozos de su verdad dentro de la relatividad del lenguaje: Certeza, tiempo, sinceridad, valores sin los cuales es imposible entender el sentido de la vida humana son analizados, de manera genial, en este texto por Gregorio Ortega Molina.

 

A partir del concepto del tiempo, que para mí resulta ser sólo la medida del movimiento, definición agustiniana que me coloca en el presente, y más exactamente en el presentísimo, en el aquí y el ahora, Ortega Molina va desgajando los sentidos de las palabras que han sido prostituidas por la modernización de la técnica, pero que hay que redefinirlas en su verdadera conceptualización, como lo sincero, lo de corazón, porque sincero significa eso, con corazón, y certeza, una vez redimensionado el tiempo. La certeza es la única que no tiene corazón, porque de lo pasado habrá algo que sea cierto pero de lo futuro no disponemos de mucha más que la certidumbre de que hemos de morir.

Pero dejemos a Gregorio Ortega que nos cuente su historia de la certidumbre, el tiempo y la sinceridad:

 

Cuaderno de notas

 

Gregorio Ortega Molina

A Carlos Ferreyra Carrasco, Francisco Trejo, Guadalupe Juárez, Javier Moctezuma Barragán, Jorge Mendoza Garza, Juan Carlos Barajas y Tristán Canales

Certeza, sinceridad, absoluto

Para nuestra conveniencia y satisfacción modificamos el sentido original de las palabras. Con la modernización tecnológica y rapidez de los actuales sistemas de comunicación, con el uso del “tiempo real” como argumento definitorio y definitivo de lo que nos sucede, transformamos el concepto y la idea de lo que originalmente significaron tres términos: absoluto, certeza, sinceridad.

Usamos y abusamos de la palabra, la idea transmitida por certeza para justificar nuestras decisiones, por más equivocadas que estén y por más terribles que sean las consecuencias, cuando, en efecto, los seres humanos no podemos tener certeza de nada que signifique meditar y evaluar acerca del presente y del futuro. Nuestra única certidumbre procede del pasado, de lo ocurrido, de lo que puede servir como ejemplo, aunque la repetición de escenarios históricos o personales siempre sea similar, nunca idéntica, jamás como espejo fiel de lo que podemos encontrar a la vuelta de la esquina.

Lo que quedó detrás de nosotros está lleno de certezas, de allí la ingenua frase: todo tiempo pasado fue mejor, porque expresa nuestra incapacidad para adquirir cualquier certidumbre, por elemental que sea, sobre lo que estamos construyendo o pensamos empezar a edificar a partir de mañana.

De allí también que desde siempre hayamos mostrado nuestra propia debilidad en la recurrencia congénita a augures, adivinos, oráculos, profetas, médiums, santeros. Morimos por saber qué puede ocurrirnos al cruzar el umbral de una puerta, al trascender el instante para entregarnos a la primera manifestación de la única certeza que puede ser entendida, aunque nunca aceptada, por el ser humano: el transcurso imparable del tiempo… tic, tac, tic, tac… después la vejez, con un fruto que no puede adquirirse en ningún otro lado: la experiencia.

El mito de que lo único cierto en el futuro del ser humano es la muerte, muestra lo fragmentario de nuestro conocimiento sobre el tema, porque bien lo indican las diferentes religiones: no sabemos el día ni la hora, a lo que yo añadiría el modo. Incluso la sentencia de muerte puede ser conmutada, aplazada o indultada, como producto de la intervención del abogado defensor, de la sociedad que reclama un juicio justo, o de la misericordia mostrada por el último juez. Hay diversas maneras de morir, y sólo hasta el instante mismo de suceder sabemos cuál de ellas nos toca como bendición… o como maldición.

Si como seres humanos sólo tenemos acceso a una certidumbre, también es cierto que únicamente podemos comprender un absoluto. En ambos casos se trata del tiempo. Su transcurso y su valor.

Empecé a meditar en el tiempo como absoluto comprensible para la mente humana hace muchos años, cuando joven mi ejercicio era intenso y ajustado a un cronómetro. Entendí entonces que los 60 minutos se completan puntualmente, no llegan antes ni después. Hay otra consideración, nosotros no podemos influir en su transcurso, pero su correr definitivamente nos transforma y, de acuerdo a cómo lo vivamos, nos perjudica o nos beneficia. Puede convertirse en crecimiento, en todos sentidos, o en pérdida, al empezar con las añoranzas ficticias: soñar con lo que no fue.

El tiempo no es un arcano, es un bien común. Jugar con él es una ingenuidad, de allí la prevención establecida o regalada por literatos como H. G. Wells, en su máquina del tiempo, o por Julio Verne, enViaje al centro de la Tierra, o la lección que aspira a darnos El planeta de los simios. Podemos hacerlo enemigo o convertirlo en nuestro aliado.

De la manera como asumamos certeza y tiempo podemos llegar a la sinceridad, a acercarnos al modelo de los filósofos griegos: conócete a ti mismo.

Parece una aspiración simple, sencilla, pero es lo más complicado en la vida: ser sincero empieza por conocer las propias debilidades y darse a uno su verdadera dimensión en el ámbito en el que se desarrolla profesionalmente. Lo de fuera nos determina hacia adentro. Puedes comportarte como candil de la calle y llevar, siempre, oscuridad a tu casa.

No hace mucho que decidí involucrarme con la palabra sinceridad. Fueron dos decisiones y una consecuencia. En cuanto anunciaron la publicación de El Reino, de Emmanuel Carrere, pedí a mi hermana Belia María me lo comprara en Gandhi. Lo consumí en lugar de que me consumiera.

La segunda decisión fue empezar a escribir mi texto sobre Emilio Uranga y mis orígenes familiares y a lo que aspiro como destino. Entonces comprendí que para escribir, como para cualquier otra manifestación del conocimiento humanos que aspira a convertirse en arte o artesanía, lo primero que se requiere es ser sincero consigo mismo, a lo que es más fácil acceder para los artesanos, cuyo comportamiento es casi bíblico.

La lectura del libro de Carrere me llevó a la comprensión de que inicié mi camino a la sinceridad con la lectura de la obra de Simone Weil, y la recurrencia sistémica a La gravedad y la gracia; también cuando decidí, hace ya un par de décadas, leer cotidianamente tres párrafos del Evangelio, siempre de manera sistemática hasta agotar a cada uno de los evangelistas, y reiniciar de nuevo. Siempre encuentro gratificación y algún nuevo conocimiento sobre la manera en que se conducen los asuntos humanos.

No hace mucho, quizá a finales de 2003 o principios de 2004, me enfrenté a Moisés y el monoteísmo, donde Sigmund Freud se conduce más como historiador que como estudioso de la mente humana, pero que obliga al lector cristiano, y quizá más señaladamente al estudioso católico, a confrontar dos términos que no necesariamente son antagónicos y sí pueden llegar a ser complementarios: sinceridad y fe.

Lo primero que debe aceptarse (es la consecuencia) es que hay autores y libros que consumen al lector, y no al revés. Los evangelistas, alguna obra de Freud, Simone Weil, Dostoiveski, Tolstoi, Stendhal, Camus, Márai, Connolly, por mencionar a algunos. Reconocerse consumido en el fuego de la reflexión por algún autor, equivale a cercarse al conocimiento de uno mismo, al proceso de sincerarse con su actitud frente al mundo, pero principalmente frente a los seres queridos, y asumirse como producto de un designio divino o, como lo quieren muchos de mis amigos, del azar, sin consecuencias ahora, ni después.

Comprendo, desde hace muy poco tiempo -y es producto de la sinceridad-, que la vida de cada uno de los seres humanos, de los miles de millones que pisaron la Tierra, y de los miles de millones que nos sucederán, siempre tiene consecuencias, para bien y para mal, benéficas o perjudiciales. No importa haber fallecido en un horno crematorio, fusilado, en olor de santidad, o cremado en un basurero y luego triturado.

Carece de importancia que yo sólo exista para mi familia, las consecuencias de mi paso por el mundo pueden afectarla o perjudicarla, o trascenderla, pero siempre habrá consecuencias.

Allí radica la importancia de la sinceridad como complemento de la certeza y lo absoluto. Simone Weil escribió para consumirse ella misma en el fuego de la fe, su fe, y para que sus lectores nos acercáramos a esa posibilidad: ser consumidos por la nuestra, por nuestra sinceridad en la medida que así, sinceros, asumamos nuestro lugar en el mundo. El reino queda reducido a un fuego fatuo.

Ser sincero consigo mismo requiere estar consciente de que habrá consecuencias y deben asumirse. Ahora, inmerso en la redacción de lo que aspiro se convierta en una novela, me doy cuenta de las consecuencias de las decisiones tomadas por mis padres y otros familiares en el pasado inmediato. Incluso el nombre elegido, porque he llegado a la conclusión de que, en cierta medida, nombre es destino, y si no, al menos se convierte en anuncio de lo que puede ser.

También me doy cuenta de que el azar es un mito, porque de existir como elemento de lo que puede ocurrir o ya sucedió, nadie hubiera acudido al Oráculo de Delfos, para empezar. Los profetas bíblicos no tendrían ninguna razón de existir, ni todos esos adivinos que determinan el comportamiento de los políticos que tratan de incidir en el destino de los hombres.

La sinceridad es el contrapoder, se convierte en antídoto contra el mal como absoluto, porque lo relativiza y lo conjura.

La sinceridad es lo que permite a un escritor aspirar a constituirse en fuego que conduzca a la reflexión, a la necesaria elaboración de un camino, una oportunidad de sincerarse consigo mismo, porque ser humano que se aparta de un comportamiento sincero se pudre y pudre a sus seres queridos y ese, lectores, es el verdadero infierno, adquirir conciencia de que por el propio comportamiento se jode, con cierto grado de certeza, el presente y el futuro de quienes nos van a llorar como muertos, a pesar de haberles echado a perder la vida, ese pequeño y gran placer que es vivir en plenitud y con sinceridad.

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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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One Response to Certeza, sinceridad, absoluto

  1. Cecilia Salmerón Tellechea says:

    Querido Gregorio:
    Como siempre, es un placer leerte. Me sigue encantando descubrir en tus textos tus itinerarios de lectura, tus modos de leer y la forma en que has mantenido un diálogo vital con ciertos autores. La parte de sinceridad y su relación con el vivir plenamente y con la asunción de las consecuencias me parece magnífica. Quisiera comentar algo sobre la idea de que la única certeza que tenemos es el pasado: “Nuestra única certidumbre procede del pasado, de lo ocurrido, de lo que puede servir como ejemplo…” Aunque entiendo lo que esto significa en tu texto, discrepo por lo siguiente:
    Pienso que al pasado sólo podemos acceder por medio de la memoria, y la memoria es una escritura del presente; es decir, es una re-creación y como tal es una “invención”; es decir, es ficción. Mediante la memoria reelaboramos con base en testimonios personales o ajenos y producimos una narrativa que está condicionada, más que por el pasado, por la situación presente; el procedimiento es igual al de crear cualquier otro tipo de ficción. La memoria es, podría decir, un género literario. Y lo que prevalece del pasado es cómo narramos y damos sentido a la luz del presente de lo que supuestamente ocurrió. Y al hacerlo, necesariamente lo modificamos. Lo que hay de certeza en la memoria es la forma en que le damos sentido a vestigios del pasado con base en el presente: cómo nos contamos a nosotros mismos o a los demás lo que nos ocurrió, nuestra historia, es lo que trasciende; no lo que efectivamente ocurrió que es tan efímero, intangible e inalcanzable y por tanto inexistente como es el tiempo pasado o futuro…
    He llegado a esta conclusión personal a raíz de dos lecturas muy disímiles. La primera es uno de los posibles orígenes de la frase que también usas en tu texto, “todo tiempo pasado fue mejor”, que proviene de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, que cito a continuación:

    Recuerde el alma dormida,
    abive el seso y despierte
    contemplando
    cómo se pasa la vida,
    cómo se viene la muerte
    tan callando;
    cuánd presto se va el plazer,
    cómo después de acordado
    da dolor,
    cómo a nuestro parescer
    cualquier tiempo pasado
    fue mejor

    (De: Jorge Manrique. Poesía. Ed. Vicente Beltrán. RAE. Web. 24 jun 2016. vv. 1-12).

    Si contextualizamos la frase, el poema no dice que todo tiempo pasado fue mejor, sino que eso nos parece en el presente. Es decir, es la nostalgia, a la luz de la situación del presente, la que matiza, tiñe, modifica el pasado. La memoria transforma, por eso para mí el pasado no es el ámbito de la certeza. La memoria encubre certezas, pero son del presente.
    La segunda es El texto histórico como artefacto literario, del historiador y teórico literario Hayden White (Introd. Verónica Tossi. Trads. Verónica Tozzi y Nicolás Lavagnino. Barcelona: Paidós, 2003). Este texto fue muy polémico pues planteó la historia como género literario. Es decir, en él White demostró cómo los historiadores, para llevar a cabo su labor, producen un texto narrativo y usan las mismas estructuras que los escritores de ficción. Obviamente esto ofendió a la disciplina, que se creía entonces con pretensiones objetivas y metodología más cercana a las ciencias que a la literatura… Al margen de ese debate y de posibles exageraciones de uno y otro bando, lo que el texto me enseñó es lo siguiente: White demuestra, al analizar textos históricos que tratan sobre un mismo evento y trabajan con testimonios similares, que el historiador lo configura con base en estructuras literarias que tienen que ver con cuatro tropos. Una misma “anécdota” histórica se puede narrar como tragedia, comedia, ironía, etc. La elección de esta estructura, y por tanto la interpretación de los hechos históricos, tiene que ver más con aspectos del presente del historiador que con aspectos de la época de la que escribe… También hace una comparación interesante: el historiador es a la sociedad como el psicoanalista al individuo. Es decir, le ayuda a reescribir los hechos en una narrativa que le haga sentido para que pueda salir del “círculo” neurótico, del trauma o de la incomodidad frente a ese acontecimiento. Importa más cómo se narra el individuo o la sociedad lo que le ha ocurrido que lo que efectivamente ocurrió, sobre todo porque a eso no tenemos realmente acceso: es decir, en el pasado no hay certeza. La certeza está en la elección de cómo narrarlo, interpretarlo, reescribirlo… en el presente.

    Cecilia Salmerón Tellechea

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