Cuaderno de Notas: Ética y estética del perdón

 
  1 Sep 2016 – 00:14 CET
 
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El tema de perdonar y ser perdonado es de difícil consideración, porque cuando atañe exclusivamente a los humanos es multidireccional y lleno de ambigüedades.

     Al instante en que nos remite a la relación entre Dios y los fieles, adquiere una dimensión unidireccional y sencilla, porque la divinidad, en su infinita perfección, sabiduría y misericordia, no considera para nada el acto de perdonar. Todo está resuelto en el amor que tiene por la humanidad entera.

En este ámbito -soy ajeno a los estudios y profundidades de la teología- la solicitud o la necesidad de ser perdonado, corre hacia el nudo ciego en que radica la fe de cada quien.

De allí el recurso de la confesión entre mortales, conceptuado y puesto en práctica por el catolicismo. Ante la imposibilidad de iniciar un diálogo con Dios, el necesitado del perdón verbaliza, en voz alta y ante un igual, lo que está urgido de descargar de su conciencia. Inicia, así, un proceso de humillación momentánea, breve y secreta, cuyo único objetivo es dar el primer paso en el camino a la humildad como virtud sincera y, diría san Juan de la Cruz, el ascenso al Monte Carmelo.

2016 fue declarado por Francisco, argentino, pontífice y obispo de Roma, año de la misericordia. ¿Qué significa este término? ¿Conserva su esencia bíblica, o con el tiempo hemos degradado lo que expresa?

Solicitar misericordia o ser misericordioso trasciende lo esencialmente humano, se manifiesta en una estética elegida y/o determinada, como puede apreciarse en esos pasajes de la narración bíblica en los que Dios desciende para comunicarse con los seres humanos. Se transforma en un viento suave, en una zarza ardiente, en una voz… es la omnipresencia eterna.

El ingenio humano se esfuerza por reproducir o conceptuar el lugar ideal, la estética adecuada para la comunicación con la divinidad. Crea los templos, entre los cuales destaca el gótico. Es el espacio que facilita la oración, la solicitud de mercedes o la manifestación íntima de un agradecimiento sincero.

Dentro de los templos, los seres humanos crearon un sitio pequeño, oscuro y apartado, con el propósito de propiciar, en lo secreto, la contrición que sólo se logra con el abajamiento de reconocer, sin más y ante un igual, las pequeñas o grandes perversidades que, en nuestra debilidad, nos solazamos en satisfacer.

En el templo se busca la presencia de la Fe hecha Gracia. En el confesionario, quien es humilde hurga dentro de él mismo para hacerse acreedor de esa misericordia ajena al perdón, porque es manifestación pura del amor divino, perfecto, eterno. Es luz.

Las entradas a misericordia en el Diccionario del Nuevo Testamento, de Xavier Léon-Dufour, indican.

Palabras similares, pero no sinónimos: bondad, compasión, gracia, piedad. Todas significan una actitud favorable a quien está en la miseria, en la desdicha. Se disciernen dos opciones que permiten medir la amplitud del término bíblico.

1.- Por un lado está subrayada la disposición objetiva a aliviar la angustia, el desamparo, la desdicha de otro. No se identifica con el sentimiento de compasión, pero implica la doble acepción de inclinación a favor de y de fidelidad a la alianza. Fiel a Él mismo y a su alianza. Dios se hace solidario del miserable y el pecador, concede la gracia de…; es decir, clemencia y misericordia (cordia, del músculo cordial, corazón). Sensible a la miseria.

2.- La otra toma en consideración el lugar, la fuente y profundidad del sentimiento que inclina al acto de piedad: la compasión.

En alguno de sus sermones Cristo recomienda la oración en soledad. Se reza en busca de la misericordia divina, y el lugar ideal, los lugares adecuados para encontrarse solo, tú a tú con Dios, son esos templos romanos, góticos, coloniales, en los que la penumbra invita al aislamiento espiritual, única y verdadera soledad.

La dirección de la solicitud de perdón es unívoca y simple: el ser humano se somete a la voluntad de Dios. Espera que el amor divino se manifieste en su absoluta perfección.

Cuando el tema se convierte en uno estrictamente humano, el concepto de perdón pierde esencia, porque queda sujeto a ese juego de intereses que motivan y mueven la inteligencia y las preferencias ajustadas a las pasiones, determinadas éstas por las debilidades, las sujeciones y los juegos de poder, en familia, en la sociedad, en el trabajo e incluso en lo que se supone amor sin restricciones.

Quizá sólo el amor de madre conserva esa pureza que se predica con la boca llena, pero con los dedos cruzados detrás de la espalda.

En los “arreglos” entre humanos, la misericordia se transforma en indulto, y éste se otorga o concede de acuerdo a múltiples factores y diversos intereses, incluso sobre aquellos en los que es la justicia de las leyes la que debiera prevalecer. Así como existen los crímenes de odio, hay jueces que imponen la ley desde una actitud idéntica o más retorcida y perversa, porque se hace desde el poder y con impunidad.

Indultar a un sentenciado a muerte afecta más a quien lo otorga que al beneficiado con ese perdón. Además, por lo regular sólo es potestad de la fuente del poder legal y constitucional.

¿Qué consideraciones mueven a un hombre de poder político, a sustraer a un ser humano de la consciencia de los jueces que lo consideraron reo de muerte, por la perversidad y/o ferocidad de los crímenes? ¿Por cuáles otros motivos es que rechaza la solicitud de perdón, y decide que él sí debe ser ejecutado? En la respuesta a ambas preguntas queda establecida la distancia que hay entre misericordia divina e indulto desde el poder.

La persona que perdona -después de una traición amorosa, de una perversidad sexual y colindante con el crimen; como consecuencia de un engaño político, del plagio de una obra, del robo de la consciencia de un familiar, como sucede en la prédica de diversas sectas cristianas- se desprende de una parte de ella misma al hacerlo, porque mutila su memoria para disponerla al olvido del agravio, y porque cualquiera que haya sido la ofensa, la dignidad afectada o lesionada pierde parte de su tejido, se le marca con una cicatriz permanente.

Si la manera de ser del poderoso que sanciona una sentencia de muerte o indulta al inculpado, se modifica, imaginen lo que sucede cuando una nación, desde el rincón de su memoria colectiva, decide atender la solicitud de perdón de un dictador, de un sátrapa, de crímenes de lesa humanidad, de actitudes genocidas, de políticas públicas que empobrecen no sólo materialmente, sino sobre todo moral y éticamente a quienes las padecen.

La patria, celestial o terrenal, crea sus altares y sus mitos, para que en ellos y en su compañía, se oficien las ceremonias que exorcizan los agravios y las venganzas, para restituir la vida en común, primero, y después aspirar a ese mundo que únicamente puede ser entendido desde la Fe.

La secularización de los poderes eclesiales, de las oportunidades abiertas por la Fe, refleja de manera idéntica el estado de cosas que define a los poderes terrenales cuando buscan, anhelan, solicitan perdón y ni siquiera saben cómo hacerlo.

De mis antiguas lecturas de Simone Weil rescato lo siguiente: “Para que la actitud actual de la Iglesia fuera eficaz y penetrara verdaderamente como una cuña en la existencia social, haría falta que manifestase abiertamente que ha cambiado o quiere cambiar. De otro modo, ¿quién podría tomarla en serio, recordando la Inquisición? Discúlpeme por hablar de la Inquisición; es una evocación que mi amistad por usted, y que a través de usted se extiende a toda su Orden, hace para mí muy dolorosa. Pero lo cierto es que ha existido. Tras la caída del Imperio romano, de carácter totalitario, fue la Iglesia la primera en establecer en Europa, en el siglo XIII, tras la guerra contra los albigenses, un esbozo de totalitarismo. Ese árbol ha producido numerosos frutos.

“Y el resorte de ese totalitarismo es el uso de esas dos palabras:anathema sit”.

¿Dónde está el perdón? Nada hay más perverso que la actual concentración de la riqueza y la especulación que se hace de la economía y de la vida de los proles, pero los liberales, los “progres”, los amparados por el poder político o el eclesial, modifican ya las condiciones estéticas y éticas en que puede solicitarse el perdón, y la manera sencilla en que se le puede negar, sencillamente al decir NO.

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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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