LA COSTUMBRE DEL PODER: Niños vejados

 Gregorio Ortega Molina  05 de octubre de 2017 – 00:12 CET


 

*Salen a buscar a sus padres, emigran, recorren los caminos de México porque desconocen que puede existir un destino más negro que el garantizado por familiares abusadores

 

 

Leer ensayos y novelas y además ver documentales y películas que abordan el caso de la pederastia, de los niños y niñas abusados por adultos enfermos, por familiares desviados del cerebro y de la condición humana, desconocedores de las emociones básicas que garantizan la vida, destruye el ánimo de los más pintados para enfrentar al mundo.

El problema se magnifica porque niñas y niños se mueven solos por el mundo. El fenómeno de la migración se acelera y se multiplica como una respuesta elemental al hambre, la inseguridad, la certeza de muerte de permanecer en la patria, en el Estado que debiera garantizar protección, seguridad y empleo a las madres y padres de familia. Huyen por miedo.

     Al perderse la voz, la presencia, el afecto y halo protector de los progenitores, los parientes “cercanos y confiables” que dieron cobijo a los críos, en muchos casos y muy pronto los convierten en víctimas de sus pulsiones sexuales insatisfechas, de su alcoholismo, de su brutalidad, de esa ignorancia que los convierte en primates.

Los niños que se quedaron sin padres o que nada saben de ellos, se mueven, emigran o se van a las calles, donde el riesgo de ser humillados y ultrajados crece, pero que no se compara al abuso cometido por quienes tienen la obligación familiar de protegerlos. Dicen muchos de ellos que es preferible el arroyo al Infierno seguro de un hogar que no es el suyo.

Salen a buscar a sus padres, emigran, recorren los caminos de México porque desconocen que puede existir un destino más negro que el garantizado por familiares abusadores.

     Allí está la información que nunca, jamás, es desmentida: “El cambio en la política de seguridad por parte de las autoridades mexicanas, a partir de diciembre de 2006 ha generado mayor número de niños, niñas y adolescentes desaparecidos. De acuerdo con datos del Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas (RNPED), de la Secretaría de Gobernación, hay 5 mil 486 menores (de recién nacidos a 17 años) en esa condición, y 98.2 por ciento de los casos han ocurrido en los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. La Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) detalló que el estado de México es donde más menores desaparecieron, con mil 281 casos, equivalentes a 23.3 por ciento del total. Le siguen Tamaulipas, con 9.2; Puebla, 8.5, y Nuevo León, 7.1”.

     No es asunto de prestidigitación, tampoco se trata de un espectáculo de David Coperfield. Se trata de niños que, de pronto, dejaron de estar, de ser, de tener una oportunidad o, de plano, murieron.

Sin flagrancia ¿no hay delito?

Estamos aviados los mexicanos, porque la reforma constitucional penal debió concluirse y estar en pleno funcionamiento, pero no es así; por otro lado, los legisladores, tan sabios ellos, ya quieren reformarla.

     Lo cierto es que en lugar de simplificar, complica. Resulta que sin flagrancia es casi imposible demostrar e imputar un delito a quien no es sorprendido en el acto de delinquir, cualquiera que sea el agravio.

     Pienso en esas novelas, radionovelas, películas o telenovelas donde la esposa engañada y/o el marido ofendido contrataban a un detective para fotografiar a los adúlteros en el acto, de otra manera no había divorcio.

     Meter a un “caco” a la cárcel no es sencillo.

     Ne cuentan los vecinos de un condominio horizontal en la colonia Tlacopac, San Ángel, que fueron visitados por los ladrones con puntual asiduidad durante un mes. Poco importaban los videos de las cámaras de seguridad para detenerlo, era y es necesario agarrarlos, literalmente, con las manos en la masa. Los policías saben que llevan las de perder si no hay flagrancia. Pueden caer con lo robado en las manos, pero ese delito ya no configura el de robo.

     Hastiados los vecinos por la angustia que les supuso verse mancillados en su propiedad privada, que en estos tiempos equivale a la intimidad, decidieron reunirse para encerrarse en su condominio cual campo de concentración: alambrada eléctrica, picos, navajas y púas en las mismas bardas, sensores eléctricos para iluminar todas las áreas durante la noche, en cuanto ocurra el menor movimiento, y cámaras de seguridad.

     Concluida la junta vecinal de los condóminos, decidieron salir a las áreas comunes con el propósito de imaginarse, para un futuro inmediato, las propuestas acordadas. ¡Cuál no fue su sorpresa, que en el rincón entre los medidores de luz y la cisterna, a las 21:30 horas encontraron a uno de los ladrones con una bicicleta en las manos y una defensa en la boca! VENGO CON UN AMIGO, que nunca apareció.

     Procedieron al arresto vecinal, a las fotografías para probar la flagrancia y a llamar a la patrulla para que se lo llevara. Después acudieron ante el MP para hacer la denuncia.

     ¿Será que pronto se formaran guardias vecinales para hacer las tareas de seguridad en las que el gobierno es omiso?

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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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