CUADERNO DE NOTAS: Todo por escribir

 Gregorio Ortega Molina 08 de enero de 2018 – 00:12 CE


 

Reviso mi vocabulario y los diccionarios en busca de términos que me permitan discernir lo que me sucede, o quizá lo que me hacen, pero ninguna de las palabras de que dispongo aporta la claridad necesaria para explicarlo y explicarme.

         La única certeza es que de ninguna manera puedo abrir espacio para la victimización, al menos en tanto no cumplan la amenaza. De cumplirla, me convierten en víctima; en ese momento todo dejará de importarme.

         Pero mientras llegan a ese extremo -si es que se animan o los mandan-, porque tengo curiosidad en las consecuencias de lo que escribo y en el futuro inmediato de las palabras que parecen haber quedado huecas, sin ese contenido que henchía los corazones y dejaba satisfecha a la razón cuando se hablaba de patria, de nación, de soberanía, de respeto, de verdad, de compromiso, de lealtad, de responsabilidad… pero, ¿quién se acuerda?…

Mientras llega ese momento –el del extremo, decía-, permanezco sentado en la rueca, bien dispuesto al esfuerzo por desenredar la urdimbre de la sinrazón del poder, porque únicamente desde el poder -del Estado o de sus usurpadores- es que los delincuentes pueden trabajar a la luz del día para desposeer a los señalados. ¿Por quién? Por los colaboracionistas, los traidores, los ensoberbecidos en la cúspide de una autoridad inicua, que no es responsable siquiera de sus actos, pues obran en la absoluta impunidad, única palabra que los define. Por eso encuentran milagrosamente muerto al supuesto asesino material de Miroslava Breach, para disponer a su guisa del imaginado autor intelectual del cruento suceso, “El Larry”. ¿Es verdad, o es post?

         Lo primero que hacen es despojarte de tu fuente de ingreso, de ese empleo digno, modesto, que te empeñas en conservar, a pesar de trabajar con un horario quebrado, porque inicia a las 05:00 horas para corregir la síntesis informativa destinada a la cúpula del Poder Judicial de la Federación.

         Estudiaba ya a Simone Weil. Pronto me enseñó que ningún trabajo es despreciable -por humilde que sea, sin importar la edad que tengas- cuando te responsabilizas de él. Así llevas trigo limpio a casa.

         Pero con la honradez y la congruencia viene de la mano la insatisfacción intelectual. Se manifiesta con más fuerza la necesidad de escribir. La sientes en los dedos, a los que les hace falta el contacto con la pluma fuente y el papel, si aspiras a escribir literatura -siempre un deseo insatisfecho por los varios intentos fallidos-, o con el teclado de la computadora, si deseas dar cauce a la pulsión por el análisis de los actos y las razones del poder en la conducta de los hombres que lo administran.

         A través de Martha Anaya pido a Raymundo Riva Palacio un espacio en Eje Central. Me lo concede. En cuanto regreso al análisis político y a la crítica social reinician las envidias de los burócratas, sus rencores, susceptibilidades, temores. Viví 8 años en la ingenuidad de sentirme entre amigos, hasta el momento en que José Guillermo López Figueroa me llama para exigir mi renuncia, por escrito, porque se reorganiza la Dirección General de Comunicación Social del Consejo de la Judicatura Federal.

         De inmediato supe que el único reorganizado fui yo, para entregar mi plaza a la hermana de Raúl Rodríguez Cortés, por instrucción de Fernando Bello Morín -el “Pepito Grillo” de López Figueroa-, a quien retribuyó escuchándolo, atendiendo sus sugerencias, perversas o no, por haberle escrito la tesis de licenciatura que le permitió recibirse y regularizar de esa manera su situación administrativa. Es cuestión de cotejar la fecha de su nombramiento como director general con la que al fin hizo examen profesional y recibió el título.

         De cualquier manera, para despedirme en buenos términos, dejé a López Figueroa constancia escrita de mi agradecimiento por haberme invitado a colaborar allí, porque el Poder Judicial de la Federación es buen patrón y porque durante ocho años pude llevar el chivo a casa.

         Concluido el episodio de Eje Central, a sabiendas de que en los medios cibernéticos o páginas de noticias no pagan, me esforcé por diversificarme y abrirme las puertas a un salario digno, lo que de manera sistemática se me ha negado, ya sea por edad o porque mi análisis político resulta demasiado incómodo, o -por qué no- porque demuestro no comprender lo que ahora sucede, como dejé constancia con mi opinión sobre la Ley de Seguridad Interior: la posibilidad de una dictadura llama a la puerta, porque así lo establecen las exigencias para integrar las FFAA mexicanas al Comando Norte, aunque la razón y el espíritu de los mexicanos vivan en el Cono Sur.

         Sin embargo, a finales de agosto de 2017 apareció una oferta de ingreso. Llegó por los caminos más extraños. A través de Arturo Durán, que vive en Estados Unidos, me buscan de El Dictamen, de Veracruz, para llevar “La Costumbre del Poder” de manera cotidiana a su página de Internet.

         Entablamos negociaciones vía correo electrónico. Llegamos a acuerdos: el salarial y la publicación diaria en las versiones impresa y cibernética. Todo viento en popa.

         La invitación, repito, vino de ellos. Pronto descubrieron que mi análisis periodístico puede ser un incordio para su política editorial y sus compromisos, o alguien les sugirió que llevarme a los espacios ofrecidos no era recomendable. Ni manera de saberlo, aunque puede colegirse el motivo después de los más recientes acontecimientos.

A través de mi hija llega una amenaza de muerte contra mí y miembros de mi familia. Denuncio esta situación ante la instancia correspondiente del gobierno federal, la subsecretaría de Derechos Humanos de la secretaría de Gobernación, donde me inscriben al programa de protección a periodistas. Sin embargo, el mismo día en que se formaliza mi condición y la de mi familia con las medidas cautelares por ellos determinadas, las amenazas escalan vía Twitter: “Perro, te vamos a matar. Cuídate porque te vamos a disparar por la espalda”. El anonimato encubre los miedos de los esbirros, pero mi reacción consiste en que el espíritu de independencia crece para no permitir que estrechen su expresión, que desaparezcan las palabras elegidas para ser.

         Desde hace muchos años sé que nada sustituye al salario y que la dignidad no alimenta sino a la razón y al corazón, pero en la casa hacen milagros y la solidaridad de amigos que me “prestan” dinero para saldar impuestos y/o pagar servicios me ayuda a resolver los problemas. Busco alternativas, ofrezco en venta pertenencias que algo valen: libros, colección de timbres de México, mixografías y un par de óleos o algunos dibujos originales. Comprendo que la presión lleva a la desposesión.

         ¿Pero cuánto vale la  dignidad que aspiran quitar a las víctimas del poder? Para el humano congruente, apuntalado en la educación del hogar y en su instrucción escolar, todo. De allí que existan tan pocos hombres de Estado, tan contados artistas -verdaderos, creativos, cuya imaginación contribuye a enriquecer y renovar el humanismo que languidece-; que haya sólo unos cuantos investigadores, científicos o técnicos que piensan más en sus congéneres y menos en la bolsa, porque saben que el estímulo a la razón, al alma, también requiere de ese guano que es el dinero bien habido.

         Nunca he tenido poder, no lo ambiciono. He transitado por sus pasillos, por los corredores secretos, sólo abiertos a los iniciados y a los integrantes del primer círculo. Esto me ha permitido discernir que no es cierto que enloquezca a quienes lo detentan; esa apreciación es equivocada. Los conduce a la soberbia, a la injustificada certeza de que siempre tienen razón, de que los gobernados los admiran y aclaman, y por eso todo les es permitido.

         No aprendieron a servir al Estado, porque hacerlo es igual a profesar una religión. Son deidades de otra clase, pero allí están, presentes, sin entender que la fe no debe ni puede subordinarse a los caprichos personales, no ha de adecuarse a necesidades transitorias, que nunca se verían satisfechas, porque al preocuparse más por construir sus fortunas personales, sí afectan de manera directa al rito civil y al religioso.

Inmerso en mis propias tribulaciones, leo “Apología de Raimundo de Sabunde”, quizás el más prolijo de los ensayos de Michel de Montaigne. Encuentro lo siguiente:

 

Si creyésemos en Dios por la intercesión de una fe viva; si creyésemos en Dios por Él y no por nosotros; si tuviéramos una base y un fundamento divino, las circunstancias humanas no tendrían, como tienen, el poder de trastornarnos; no se rendiría nuestra fuerza a tan débil asalto; el amor por la novedad, la coacción de los príncipes, la buena fortuna de un partido, el cambio temerario y fortuito de nuestras opiniones, no tendrían fuerza para sacudir y alterar nuestras creencias; no las dejaríamos agitarse a merced de un nuevo argumento, ni siquiera con la persuasión de toda la retórica que pudiera jamás existir; aguantaríamos sus oleadas con inflexible e inamovible firmeza.

        Lo misma reflexión puede aplicarse a esa fe secular que los políticos dicen profesar al Estado y sus instituciones. La mayoría son como veletas; de ahí que se estén corriendo los factores de poder y la partidocracia secuestre funciones que antes estaban en manos del Ejecutivo.

         Si los políticos se hubiesen conducido de manera congruente con su ideología y su fe en el Estado, México sería otro, como diferentes serían las dificultades de las religiones monoteístas.

         Y sin embargo, la fantasía de Jorge Luis Borges está vigente, el aleph se ensancha tanto como la interpretación que hizo José -el hermano vendido como esclavo- de los sueños del faraón.

         Estamos en el umbral de un cambio. Puede transitarse en paz o puede recurrirse al fuego y pagarse con sangre. Yo -como millones de mexicanos- espero a una mujer u hombre de Estado que decida acabar con la corrupción y la impunidad, que se atreva a disminuir el número de muertes violentas y asegurar que en Estados Unidos también contribuyan con su cuota de sangre en el combate al narcotráfico, porque es imposible subordinar dignidad y fe a las exigencias transitorias que blanden amenazas desde el poder, nada más por escribir, por atreverse a dejar constancia por escrito del desaseo político.

 www.almomento.mx, http://www.analisisafondo.com, http://www.indicepolitico.com y

www.facebook.com/ortegamolina.gregorio y www.gregorioortega.blog

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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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