LA COSTUMBRE DEL PODER: Odio

 Gregorio Ortega Molina 28 de agosto de 2018 – 00:12 CE


*Comprendí la verdadera dimensión del término mientras todavía trataba de entender por qué el odio aún no nacía en Gustavo Díaz Ordaz, y para cenar el dos de octubre nos puso a la mesa la Plaza de las Tres Culturas

Dos son las motivaciones humanas que mueven al mundo. Amor y odio. Sin el segundo Caín no se habría atrevido a levantar la mano en contra de Abel, ni los conjurados apuñalar a Julio César, o José Stalin purgar a sus gobernados, o Rodolfo Fierro matar uno a uno a decenas de detenidos, o saquear al país de tan fea manera.

Comprendí la verdadera dimensión del término mientras todavía trataba de entender por qué el odio aún no nacía en Gustavo Díaz Ordaz, y para cenar el dos de octubre nos puso a la mesa la Plaza de las Tres Culturas. Odio es una palabra que se dobla para ocultar su alcance y consecuencias.

Luego fotografías y documentales de lo encontrado por los Aliados y los rusos en los campos de concentración, o lo que dejaron los hongos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, o los túmulos de cráneos presumidos por Jemeres Rojos, o las imágenes de los niños guerrilleros en África, o los linchamientos a negros en Estados Unidos.

Lo anterior viene a cuento por lo que el reportero Pablo Ximénez Sandoval nos informa: “Era una especie de campamento, apenas un chamizo rodeado de neumáticos en medio del páramo cerca de un pueblo minúsculo llamado Amalia, al norte de Nuevo México. No tenía agua y estaba lleno de basura. Allí, el pasado viernes, la policía encontró a dos adultos, tres mujeres y 11 niños que vivían en condiciones miserables. El sheriff del condado lo definió así: <<Las condiciones de pobreza más tristes que he visto en mi vida>>. El suceso dio un giro aún más dramático y bizarro este miércoles, cuando presentaron los cargos judiciales. La policía asegura que el líder del campamento estaba entrenando a los niños con armas para disparar en colegios.

 

“La oficina del sheriff anunció que había encontrado en los alrededores los restos de un niño. La identificación no es oficial hasta que se complete el análisis forense…

“Los niños hallados en el campamento tienen entre 1 y 15 años. Según el sheriff, <<parecían refugiados del Tercer Mundo>>. No tenían zapatos e iban vestidos con harapos. Apenas había comida en el lugar cuando llegaron los agentes, aparte de unas patatas y un paquete de arroz”.

Recuerdo haber visto una fotografía de “Monchito”, ese niño sicario detenido en las inmediaciones de Cuernavaca; dicha evocación me hace pensar que con los estupefacientes o sicotrópicos que ahora abundan y se consumen como si fuesen dulces, inoculamos en los narcodependientes algo adicional, eso que mueve al mundo e identificamos como odio, cuando menos el que sienten por ellos mismos para maltratarse como lo hacen.

Lo terrible de este tema es que todo indica que los detenidos son migrantes en el Imperio, lo que puede convertirse en instrumento de propaganda para los fines que persigue Donaldo Trump en contra del DACA, del TLC y a favor del muro que sólo él quiere.

A fin de cuentas fue por odio que los sacerdotes decidieron llevar a la muerte a Jesús, porque el hijo de Dios predicó amor, y eso acabaría con el negocio del templo y los cambistas que operaron a sus puertas. Mal asunto.

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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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