La Costumbre del Poder: Raíz y negación II/II

 Gregorio Ortega Molina 26 de septiembre de 2019 – 00:13

Construirnos un futuro exige un cambio de régimen, éste no puede ser decorativo, sino que requiere de la reforma del Estado y de un nuevo modelo político para gobernar apegados al mandato constitucional, no en su contra

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La nueva narrativa política indica que los mexicanos, inteligentes o no, de oposición o fieles a lo que hoy llaman cambio de régimen, se dejan seducir por el adorno, por la forma: Los Pinos, el TP01, vivir en Palacio Nacional, usar al contentillo la banda presidencial, favorecer la confrontación entre chairos y fifís, Pasta de Conchos, los 43 de Ayotzinapa, el combate selectivo a la corrupción y la impunidad, amnistía, Guardia Nacional para disfrazar la militarización…

Darle un nuevo envase a la ceremonia, al boato, a los símbolos del poder, no es un cambio de régimen, más bien se identificaría con el gatopardismo, con el riesgo adicional de una regresión, tal como la explica José Woldenberg en su texto para El Universal del martes 17 de septiembre.

Si es la Constitución la que nos da la identidad nacional, el sentido de pertenencia, la alteridad necesaria para unirnos en una diversidad creadora y aprovechar el sincretismo que define buena parte de nuestra manera de ser, para qué entonces provocar la división.

En la parte final de la entrevista a Yásnaya Aguilar, ella sostiene: “México oprime a partir del mestizaje. Y el mestizaje implica desindigenización de este país. Se narra como una política racial, lo que es insostenible: ya ahora todas las personas en el mundo somos mestizos. Y si mestizos no es una categoría racial debe ser otra cosa: un proyecto político del Estado mexicano. La lengua es el criterio que más ha usado el Estado para clasificar quién es indígena y quién no. Si ves los cálculos, te das cuenta de que, en 1820, alrededor del 70% de la población mexicana hablaba una lengua indígena. Esta era la situación después de 300 años de colonialismo español. Con esto no quiero relativizar los estragos del colonialismo, pero el Estado mexicano redujo esa cifra hasta el 6% en poco más de 200 años.

“Los Estados nacionales actuales están construidos bajo la idea de homogeneidad lingüística; después de la Revolución Mexicana hubo esfuerzos coordinados para castellanizar forzosamente. Ha sido la política más exitosa del país. ¿Qué pasó, esa población desapareció? No, fue adscrita, sobre todo por la escuela, a la ideología nacionalista del mestizaje. Decimos que tú no eres mestiza, eres desindigenizada por el Estado. La opresión opera en este mecanismo. Para el Estado, el éxito es que todos nos identifiquemos como mestizos.

“Los pueblos indígenas no somos la raíz de México, somos su negación constante”, afirma con fuerza, pero no coincido en su apreciación, no pueden confundirse los logros de la integración de los mexicanos en un proyecto común. Obvio que hay errores y horrores, de otra manera el FZLN no existiría, pero esos errores no pueden ser achacado al modelo político, sino a quienes lo administran.

Construirnos un futuro exige un cambio de régimen, éste no puede ser decorativo, requiere de la reforma del Estado y de un nuevo modelo político para gobernar, apegados al mandato constitucional, no en su contra.

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HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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