La Costumbre del Poder: Callar a la prensa respondona

 Gregorio Ortega Molina 10 de febrero de 2020 – 00:12 CE

*No debe azorarnos lo ocurrido a Sergio Aguayo, ni las especulaciones sobre la connivencia o no del juez. Lo que debe mantenernos atentos es poder determinar de qué tamaño será el silencio con el que responda, para que pueda conservar su patrimonio

Callar a la prensa respondona

Lo que ocurre a Sergio Aguayo no es novedoso, ni debiera sorprendernos. Es un hábito en el país de atrabiliarios e impunes en que vivimos. Recordemos que Isabel Arvide fue despojada de su hermosa casa de la colonia Roma, cuando refirió que Sasha Montenegro era o fue una fichera. La viuda del ex presidente Jolopo se alió con Guillermo López Portillo para tramar la venganza legal. A estas alturas nadie olvida el pasado remoto y reciente, ni su presente, de la actriz que sedujo al poder.

Pero las lesiones al patrimonio son lo de menos. También se puede perder la vida, como ocurrió a Manuel Buendía, a Héctor “El Gato” Félix Miranda, Javier Arturo Valdez Cárdenas y Miroslava Breach Velducea… enumerar a todos los que, de uno u otra manera, han sido callados, exige espacio, tiempo y memoria, porque, por ejemplo, a Paco Huerta, el verdadero precursor de las redes sociales en México, con su Voz Pública y Periodismo Civil, lo hicieron talco, con todo y ese concepto de comunicación con la sociedad. Hoy nadie reivindica a ninguno de ellos, tan valiosos como en su momento lo fueron Francisco Zarco, y la lengua de Belisario Domínguez.

La que ella solita se amarró las manos y se puso bozal en la inteligencia, es Carmen Aristegui, porque debió confiar en su propia fuerza, en la marca que ya era y ella creó y en la fuerza de las redes e Internet. Pudo dejar de ser empleada, para convertirse en su propia patrona, transmitir por streaming y generar y administrar su propia audiencia. Pero la regresaron a la supuesta seguridad de la nómina, cuando en estos tiempos que corren, lo único seguro es que nada permanece sin alteraciones.

Políticos y periodistas transitan por senderos paralelos y rara vez coincidentes (Francisco Martínez de la Vega, Carlos Loret de Mola, José Carreño Carlón). De allí la importancia de escuchar con atención los mismos avisos. Mi general, el personaje de la novela de Gregorio López y Fuentes, nos advierte:

“El hombre comunicativo de antes había dejado el sitio al hombre previsor, astuto, político. Por esa razón no tuve que avergonzarme jamás. Ya sabía de otro, a quien los rumores colocaron en mi misma situación, que aceptó felicitaciones, que recibió hasta banquetes y que, por último, tuvo que esconderse una semana para no dar la cara ante quienes desnudara todas sus ambiciones y todas sus vanidades”.

No debe azorarnos lo ocurrido a Sergio Aguayo, ni las especulaciones sobre la connivencia o no del juez. Lo que debe mantenernos atentos, es poder determinar de qué tamaño será el silencio con el que responda, para que pueda conservar su patrimonio.

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HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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