LA COSTUMBRE DEL PODER: Dinero mueve más que la fe

 Gregorio Ortega Molina 23 de abril de 2020 – 00:12 CE

*De allí que se establezcan las diferencias entre recibir a los que peregrinan a Palacio Nacional, y la necesidad de acudir a Badiraguato, por aquello de necesitar cubrirse la espalda, no sea que se requiera de la narco-economía, y se recurra a ella como en otras ocasiones

Dinero mueve más que la fe

Hemos olvidado que el dinero mueve más voluntades que la fe. El hambre castiga más que la sensación, o la certeza, de haber pecado. Esta nación, antes y después de la crisis en que estamos inmersos, carece más de alimentos que favorezcan las libertades y el humanismo, la fuerza de carácter y la voluntad de impedir que la conviertan en víctima del modito y la utopía de sus gobernantes, que de esa comida que deja los corazones contentos por tener la barriga llena.

De allí que resulte fácil la manipulación por la palabra, por la imagen de un mesianismo más lesivo que los políticos tradicionales, por estar montado en una corrupción moral que todo lo trastoca. Su fuerza consiste en que la palabra, el mensaje tiene tantas interpretaciones como destinatarios, porque la única oportunidad de imponer, como antaño, la voluntad de un solo hombre, reside en mantener vigente el caos, viva la confusión, para que nadie sea capaz de establecer acuerdos. Así, a río revuelto, ganancia de pescadores, ¿o no, Alfonso Romo?

Cuando la pandemia remita, ya sea porque así lo dispuso la naturaleza, o por el ingenio humano, nos volverán a decir que el saldo, las consecuencias, son el resultado del período neoliberal que nada previó, en el que el sector salud se desmanteló, y en el que había 35 millones de mexicanos en condiciones de pobreza extrema. Y ni quien refute, todo en aras de una unidad nacional ficticia, porque de lo que se trata es de hacerse con el poder que restituya la presidencia imperial, la época de la dictadura perfecta, que ahora será pluscuamperfecta. Espero equivocarme.

En sus Cuadernos (1957-1972), E. M. Cioran, anotó: “La cosa más grave, y también la más frecuente, no es matar, sino humillar. Tal vez sea eso la crueldad en el orden moral. Lo vemos precisamente en quienes han sido muy humillados. No pueden ni olvidar ni perdonar; sólo tienen una idea: humillar, a su vez. Son verdugos sutiles que saben ocultar su juego y se vengan sin que se pueda acusarlos de inhumanidad”.

No se trata de establecer similitudes ni analogías, el que quiera encontrarlas, lo hará. Sólo deseo apuntar que, como señalé al inicio del texto, el dinero mueve más voluntades que la fe, muchos de los capitanes de industria, de los barones del dinero, de los integrantes de los poderes fácticos, nunca se cansarán de ser humillados, y creerán o harán como que creen, porque consideran que así defienden su posición personal, sin importarles la defensa de la sociedad. Pero dejarán de obtener sus jugosos ingresos en cuanto la sequía económica afecte los programas sociales. Entonces abandonarán México e irán allá donde sus capitales reposan a buen resguardo jurídico.

De allí que se establezcan las diferencias entre recibir a los que peregrinan a Palacio Nacional, y la necesidad de acudir a Badiraguato, por aquello de necesitar cubrirse la espalda, no sea que se necesite de la narco-economía, y se recurra a ella como en otras ocasiones. Lo veremos mañana.

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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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