LA COSTUMBRE DEL PODER: Covid-19: oportunas consecuencias V/V

 Gregorio Ortega Molina 1° de mayo de 2020 – 00:12 CE

*Mujeres y hombres de fe serán vistos como enfermos, pues el don recibido los trasciende y modifica su comportamiento; de pronto no se comprende lo que hacen o dejan de hacer, porque tienen la capacidad de ver las consecuencias de sus actos y la manera de enmendarlas

Covid-19: oportunas consecuencias V/V

La pandemia es una confrontación general e interna con lo relativo y lo absoluto. Obliga a la revisión de todo lo que, de una u otra manera vivimos y disfrutamos como permanente e inamovible. Lo único constatable es que hoy nada es seguro, salvo los absolutos, aunque en términos distintos a la manera en que los consideramos antes del Covid-19. El saldo que deje, variará todavía más nuestra percepción de la realidad.

Por controversial que parezca, el tiempo en receso debido a la cuarentena, deja de ser un absoluto, al menos de manera temporal. El futuro está pasmado, como esos embarazos que no llegan de manera natural a buen término, y han de ser inducidos o, de ser necesario, recurrirse a la cesárea. Y después de concluida la pausa, habrá que ver cómo y en qué condiciones nos acomodamos en nuestra relación con el tiempo, que recupera su valor de absoluto.

Hay -al menos para los creyentes- un valor moral, ético, humano, que no se modifica ni pierde prestigio ni presencia en sus condiciones de absoluto: la fe. Ésta se tiene, o no. Imposible mesurarla en cantidades, no hay poca o mucha fe, aunque en términos bíblicos nos refieren la frase: hombres de poca fe, o si la tuvieras del tamaño de un grano de mostaza. Considero que la relativizan para facilitar la comprensión de la manera en que se tiene, o no, esa gracia divina.

La fe no es un algo que encuentras entre tu bagaje cultural, las tradiciones o la formación religiosa, porque ha quedado claro que es una gracia, un don. No estudias para tener fe, puedes ser absolutamente ignorante, y recibirla para servirte a transitar por el mundo y, además, ayudar.

Existen familias enteras, grupos sociales, congregaciones formadas en cumplimiento de una norma religiosa, pero la viven en términos sociales, de lucimiento, para encajar, acceder, transigir con el mundo.

Cuando se le recibe sin chistar, la fe domina la voluntad del poseído por ella, de otra manera no se explica la pasión de Cristo ni la muerte de incontables santos, o de un número desconocido de personas que contribuyen a que el mundo sea mejor, y fallecen en el anonimato. Allí están los médicos y enfermeras y sacerdotes y monjas y policías, y militares y marinos que dan la vida por el prójimo.

La acera de enfrente es la de los santos laicos, ateos, agnósticos y descreídos de la divinidad, pero comprometidos con los humanos. E. M. Cioran lo puntualiza con exactitud:

El desierto interior no siempre está destinado a la esterilidad. La lucidez, gracias al vacío que permite vislumbrar, se convierte en conocimiento. Entonces es mística sin un absoluto. La lucidez extrema es el último grado de la conciencia; te da la sensación de haber agotado el universo, de haber sobrevivido a él. Los que no han presentido esa etapa ignoran una variedad insigne de la decepción y, por tanto, del conocimiento. Los entusiastas empiezan a volverse interesantes cuando afrontan el fracaso y la desilusión los vuelve humanos. Aquel a quien todo le sale bien es necesariamente superficial. El fracaso es la versión moderna de la nada. Durante toda mi vida me ha fascinado el fracaso. Es necesario un mínimo desequilibrio. A la persona perfectamente sana psíquica y físicamente le falta un saber esencial. Una salud perfecta es espiritual.

Mujeres y hombres de fe serán vistos como enfermos, pues el don recibido los trasciende y modifica su comportamiento; de pronto no se comprende lo que hacen o dejan de hacer, porque tienen la capacidad de ver las consecuencias de sus actos y la manera de enmendarlas, porque esa gracia a ellos obsequiada tiene el poder de cambiarlos y cambiar las cosas. Son una transgresión de lo que aceptamos como normal.

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HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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