La Costumbre del Poder: El poder político es público, nunca privado

  Gregorio Ortega Molina 8 de febrero de 2021 – 00:12 CE


 *El poder carece de esa dualidad entre lo público y lo privado. Puede escamotearse la verdad, posponerse el momento de hacerla pública, o incluso tergiversarla, desnaturalizarla y transformarla en mentira, lo que nunca modificará el balance definitivo de la historia



El gobierno de uno o varios sobre muchos carece de origen divino, es humano, débil, equívoco y sujeto a todas las pasiones. Sobre quienes mandan orbitan muchos grupos, entre éstos destacan los que “supuestamente” vigilan que se cumpla con el mandato constitucional. Los otros son los voraces, los que se sirven de las debilidades de sus señores, o señoras.

     Lo aclaro. En los desayunaderos de moda durante mis inicios, corrió la siguiente anécdota acerca de la moral y la ética en el ejercicio del poder. Un hombre adinerado, de bonita familia, tenía una espina clavada que no lo dejaba estar: desconocía su origen. Uno de sus amigos le dijo que buscara ser candidato a diputado, porque sus oponentes o enemigos de inmediato descubrirían el nombre de sus padres, lugar de nacimiento… y si no eran los reales, ya no tendría manera de desmentirlos.

     La única manera de deslindarse de ese juego de espejos que confunde percepción con realidad, es la transparencia y tener el valor de convertir la vida privada en pública. Un ser humano empeñado en el ejercicio del poder debe dar por sabido que sus seres queridos y él mismo pierden toda privacidad, y más ahora en esta época en la que los teléfonos celulares e Internet hacen una dupla para difundir todo lo que es considerado de interés público.

     Al terciarse la banda presidencial sobre el pecho, el presidente de México pierde toda privacidad. Lo que a él atañe: salud, gustos, lecturas, malos humores, debilidades, todo deja de ser privado por ser de interés público. Los políticos incluso se salen del clóset, como en su momento lo hizo Edward Heath. Todo importa para conocer el origen de las decisiones que se toman, porque definen la vida de una nación, modifican su curso.

     El poder carece de esa dualidad entre lo público y lo privado. Puede escamotearse la verdad, posponerse el momento de hacerla pública, o incluso tergiversarla, desnaturalizarla y transformarla en mentira, lo que nunca modificará el balance definitivo de la historia.

     Recuerdo el berrinche del actual mandatario porque el conductor de un programa puso un mote a su hijo menor… ¿a quién le importa? En mi juventud los presidentes enfurecían porque se faltaba el respeto a las instituciones o a los héroes patrios, y no pasaba de una leve sanción pecuniaria. Hoy aspiran a que olvidemos que son como los demás, copia fiel y exacta de los destacados militantes de los partidos en que se formaron.

     El estado de salud del presidente de México es importante, no porque el futuro de la nación dependa de ello, sino sólo para saber si se puede confiar en la certeza y seguridad de su toma de decisiones, conocer de su estado de ánimo, y que los electores podamos determinar si es necesario darle un respiro y asegurar su reposo para que viva y deje de sufrir.

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HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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