LA COSTUMBRE DEL PODER: El regreso de Conan el destructor


 Gregorio Ortega Molina 23 de junio de 2021 -00:12 CE

 *Hasta ayer han demostrado, los que hoy mandan, que les resulta más prometedor destruir que crear, edificar, unir, ofrecernos un concepto de patria compatible con la globalización, el compromiso de construir un bloque con Estados Unidos y Canadá, y sumarnos a su geopolítica de seguridad



AMLO debe resolver un problema que va más allá de la falta de dinero y las reformas constitucionales. Me refiero al estado de ánimo de los mexicanos, a su disposición a confrontarse – con los que votaron contra MORENA- y a no dejarse arrebatar lo que consideran suyo por derecho.

     No comprende, el presidente de la República, que el ebionismo evangélico por él propuesto para disfrazar su concupiscencia por el regreso al presidencialismo callista, es inviable como instrumento de coacción anímica y de control social. O quizá lo sabe bien y por eso cree traer a las Fuerzas Armadas comiendo de su mano, gracias a la munificencia con la que dispone de nuestros impuestos.

     El espejo está al alcance. Desde el 9 de abril de 1948, fecha del Bogotazo, Colombia no ha encontrado la paz social. Las FARC, los sicarios del narco, las negociaciones de paz y, ahora los impuestos, culminan siempre con el enardecimiento de los colombianos, muestran su desunión y la ausencia de una idea, un concepto de nacionalismo capaz de unificarlos en un propósito común.

     Simón Bolívar no fue suficiente para todos. Acá, en cambio, durante una época nos bastó con Hidalgo, Juárez, Madero, Carranza, Villa, Zapata, Cárdenas, y todos los mitos adyacentes venerados en el panteón de la historia, de esa idea de patria que todos compartimos, hasta que consideraron atractivo y comercial desmitificar lo que fuimos y, hoy, no recuerdan ni los mandamases. Que los Niños Héroes, que El Pípila, Cuauhtémoc, la Malinche, las traiciones, el Maximato, el zapatismo…

     Los novelistas de la Revolución lo entendieron desde el inicio, lo explicaron, pero no los destruyeron, los colocaron en su lugar, como cuando Martín Luis Guzmán narra el diálogo entre Eufemio Zapata, Eulalio González y él mismo, cuando el hermano de Emiliano les hace entrega de Palacio Nacional. Eso es lo que fuimos, nos unió y enorgulleció, incluso durante el neoliberalismo, hasta que llegó el momento de la confrontación diaria.

     No veo a Andrés Manuel López Obrador en el ánimo de tejer acuerdos para la reforma del Estado, cambiar el modelo político, dejar atrás el presidencialismo, construir el parlamentarismo, crear consensos, buscar el apoyo de los mexicanos para que, unidos, reencuentren ese nacionalismo que fortalece el concepto de patria.

     Tampoco encuentro figuras ni propuestas en la oposición. La anomia, como lo avisa Diego Valadés en un puntual artículo publicado en Reforma durante el último mayo, aparece más como un llamado desde el vórtice en que nos metieron, bajo la promesa de obtener una 4T que no nos presentaron, que se muestra como una entelequia.

     Hasta ayer han demostrado, los que hoy mandan, que les resulta más prometedor destruir que crear, edificar, unir, ofrecernos un concepto de patria compatible con la globalización, el compromiso de construir un bloque con Estados Unidos y Canadá, y sumarnos a su geopolítica de seguridad.


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About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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