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La Costumbre del Poder: Del Oráculo de Delfos a las estadísticas V/V

 Gregorio Ortega Molina 7 de junio de 2019 – 00:12
 
Hay una responsabilidad histórica. ¿Seis años más de confrontación y violencia? ¿Otro sexenio de fosas clandestinas y desapariciones forzadas? Escudriñen en el pasado, visiten de nuevo El laberinto de la soledad, El ser del mexicano, Noticias del Imperio, Maten al león, Los relámpagos de agosto, pero sobre todo Los recuerdos del porvenir, porque la sombra del general Francisco Rosas está al acecho

Para Ingrid Avella, Ovidio Salvador Peralta y Samuel García

El pasado no es responsable de nuestro futuro, lo somos nosotros, pero conocerlo, estudiarlo, ayuda a la toma de decisiones correctas. Si nos equivocamos al decidir, lo ocurrido ayer permite encontrar soluciones para corregirlas.

El tema va más allá. Nadie escarmienta en cabeza ajena, indica la sabiduría de las abuelas, y en gran medida es cierto. Los seres humanos parecemos gustar de lo acerbo del fracaso ajeno… y del propio, pero nos negamos a aprender de las consecuencias.

Pienso que lo que lo que hoy sucede está perfectamente planeado. ¿Cómo entender, entonces, lo afirmado por Napoleón Gómez Urrutia y publicado en El Universal?: Por el bien de sus fortunas que empresarios dejen de atacar a AMLO. Hay una doble lectura. Puede ser una invitación a sumarse para llevar la fiesta en paz, o puede leerse como una advertencia para que dejen de dar lata y se callen, porque no los tomarán en cuenta.

Hace al menos 11 años consulté con un amigo el original de Crimen de Estado. Lo hice porque intuía ya que era “oreja” de los primeros círculos de poder de ese sexenio. Su opinión me dejó perplejo en ese momento. Hoy la comprendo en su totalidad. Dijo: “México necesita sufrir los estragos de una guerra…”.

Si así lo determinaron, vaya decisión y qué costos. No escarmentaron entonces, pero el castigo, el daño y sus consecuencias continúan ahora. Se niegan a leer en el pasado cultural y político de la patria.

Medito en el tema. Pienso que el 68, el 88 y el 94 fueron sólo una probadita de lo que puede ocurrir, y que los caminos para pacificar a la nación son otros. En Los diarios de Emilio Renzi encuentro el significado del horror: “La peste, entonces, y los testigos contamos lo que hemos vivido en esos tiempos oscuros, mis cuadernos son un registro alucinado y sereno de la experiencia de vida en estado de excepción. Todo parece seguir igual, la gente trabaja, se divierte, se enamora, se entretiene y no parece haber signos visibles del horror. Eso es lo más siniestro, bajo una apariencia de normalidad, el terror persiste y la realidad cotidiana sigue ahí, como un manto, pero a veces una filtración deja ver la verdad cruda”.

Padecemos el reflejo de esa verdad cruda cuando los colectivos de madres sin hijos encuentran otra fosa clandestina; cuando denuncian más y más desapariciones forzadas; cuando los secuestrados aparecen muertos, a pesar de haberse pagado el rescate… Es la indefensión absoluta.

Más de Ricardo Piglia sobre la vivido hace apenas 43 años en Buenos Aires: “Me indigna la actitud general, aterrorizada por la violencia, espera que los militares traigan orden… Lo peor es la siniestra sensación de normalidad, los ómnibus circulan, la gente va al cine, se sienta en los bares, sale de las oficinas, va a los restaurantes, se ríe, hace chistes, todo parece seguir igual, pero se oyen sirenas y pasan a toda velocidad autos sin patente con civiles armados”.

Hay una responsabilidad histórica. ¿Seis años más de confrontación y violencia? ¿Otro sexenio de fosas clandestinas y desapariciones forzadas? Escudriñen en el pasado, visiten de nuevo El laberinto de la soledadEl ser del mexicanoNoticias del ImperioMaten al leónLos relámpagos de agosto, pero sobre todo Los recuerdos del porvenir, porque la sombra del general Francisco Rosas está al acecho.

Una misma idéntica pregunta que ofrece diferentes respuestas, son el estudio y la ruta para comprender dónde estamos parados. Sólo los lectores y la sociedad podrán elegir entre las diversas opciones, pero hay que ofrecerlas.

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La Costumbre del Poder: Del Oráculo de Delfos a las estadísticas IV/V

Gregorio Ortega Molina 6 de junio de 2019 – 00:12
El tiempo real modifica la percepción del instante y también transforma la duración del pasado, que se aleja porque quieren, insisten, necesitan alargar el presente ante la incertidumbre de un futuro en el que los recursos económicos y la inteligencia brillan por su ausencia.

Para Malena Mijares y José Manuel Cuéllar Moreno

La comprensión del pasado no es propiedad exclusiva del estudio de la Historia. La novela, el cine, el muralismo, la arquitectura, el arte sacro y otras manifestaciones artísticas abrevaron en su entorno y en su momento, lo mismo para nuestro solaz como para nuestra formación como mexicanos.

La época de oro del cine mexicano rescató para nosotros el sueño de la clase media -que procede del más clásico porfirismo-, alargado hasta el fracaso económico del conocido como “milagro mexicano”; el modernismo irrumpe en México con el 68, pero es sacrificado en la Plaza de las Tres Culturas. Allí, lo que fue la clase media perdió su brújula, su identidad, su idea de patria. De otra manera el neoliberalismo como proyecto económico y de reingeniería social no hubiera arraigado como lo hizo. Que no han sabido administrarlo, es otro problema.

Tampoco somos ahora -¿lo fuimos alguna vez?- como nos describieron en sus ensayos Octavio Paz, Luis Villoro, Emilio Uranga, Salvador Reyes Nevares; los que actualmente incursionan desde la antropología, la sociología y la filosofía para desentrañar el ser del mexicano, tampoco aciertan a dar pie con bola, porque las políticas públicas y la anomia de la sociedad nos han colocado a medio camino entre el umbral del Primer Mundo y la ausencia de identidad nacional, perdida entre la necesidad de hablar inglés y hacer negocios -con o sin aranceles-, el tiempo real, y la exigencia de ser fieles a un proyecto histórico anidado en la reforma del Estado, que está en proceso de conceptualización, pero que impiden los que no quieren que México eclosione y tenga futuro.

Pensé, en algún momento, que sembrar la inquietud para saber dónde estamos parados como proyecto de nación, pudiera hacerse con un cuestionario único sobre nuestras referencias culturales e históricas, dirigido a personas de diversa formación profesional, para intentar desentrañar el verdadero sentir sobre el pasado inmediato y el futuro incierto. Una misma pregunta con múltiples respuestas.

Lo propuse así porque el tiempo real modifica la percepción del instante y también transforma la duración del pasado, que se aleja porque quieren, insisten, necesitan alargar el presente ante la incertidumbre de un futuro en el que los recursos económicos y la inteligencia brillan por su ausencia.

Un cuestionario así es ineludible, sobre todo por la presión que ejerce en el curso del tiempo el resultado de la revolución cibernética: ¿cuándo el presente deja de serlo para convertirse en pasado? ¿Cuándo el futuro adquiere la calidad de presente?

 

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La Costumbre del Poder: Del Oráculo de Delfos a las estadísticas III/V

Gregorio Ortega Molina 5 de junio de 2019 – 00:12
 
Las estadísticas son herramienta que ha de ser contrastada con el momento histórico en que se tomaron las mediciones, para poder determinar qué y cómo se incidió en los resultados y corregir, pues de otra manera la guerra en contra de nosotros mismos será permanente, eterna, porque la culpa no es del pasado, sino de la interpretación que le damos
 
 

Para Gloria Maldonado y Guillermo Hurtado
La tentación de ser como dioses es permanente. Quizá la inició Luzbel al momento de negarse a adorar al hijo de Dios revestido de humanidad. Y si he comprendido bien, se le anunció con toda una eternidad de anticipación.

La serpiente afirma a Eva y Adán que al comer de ese fruto serían como dioses… y luego no ha cesado ese deseo de inmortalidad, incluso con referencia al pasado. Todos lo mencionan, pero sólo unos cuantos lo estudian y después lo consultan.

La humanidad sustituyó al Oráculo de Delfos primero, a la oración después. Son las estadísticas las reinas de la prueba de que se anda bien encaminado como empresario, como líder, como gobernante, y también son las constataciones de los fracasos. Pero como la fe: se simula para engañar.

Hoy y sin excepción, los políticos las toman como argumento central en su discurso para conquistar el poder y/o conservarlo. Interpretan los llamados datos duros bien y mal, los tuercen y retuercen, pero nunca, jamás les dan el contexto histórico, ni determinan, al menos, clima, número de habitantes, índices de violencia, desapariciones forzadas y cómo ocurrieron, para contrastar con su toma de decisiones. Creen que ir sobre camino andado, es andar sobre seguro.

El pasado no puede ni debe ser visto como una continuidad de los éxitos logrados, o la manera de eludir los fracasos constatados, porque no hay escuelas en el arte de mandar, puesto que los momentos y las condiciones en que los gobernantes toman decisiones de vida y muerte, nunca son copias fieles y notariadas de lo ocurrido ayer, o hace un milenio.

El pasado es referencia, contexto de cómo fuimos formados y los conocimientos que adquirimos para construir nuestro presente y alentar nuestro futuro. Imposible ser fieles a lo de ayer, porque de lo que se trata es de ser mejores en los modos de vivir y pensar, de trabajar y ser solidarios, de meter el hombro y modificar comportamientos y costumbres.

La misma Iglesia Católica ha modificado ritos y normas… lo que también contribuyó a debilitar la educación y las humanidades, pues hoy ni a quien se le ocurra el estudio de las llamadas lenguas muertas: latín y griego, que son la puerta a una reflexión consistente con nuestra condición de seres humanos y racionales.

Las estadísticas son herramienta que ha de ser contrastada con el momento histórico en que se tomaron las mediciones, para poder determinar qué y cómo se incidió en los resultados y corregir, pues de otra manera la guerra en contra de nosotros mismos será permanente, eterna, porque la culpa no es del pasado, sino de la interpretación que le damos.

 

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La Costumbre del Poder: Del Oráculo de Delfos a las estadísticas II/V

Gregorio Ortega Molina 4 de junio de 2019 – 00:12
 
Para Susana Dávalos y Fernando Solana Olivares
En esa época y hasta el siglo XVIII, incidían los intereses personales, los de la nobleza o los de los terratenientes y los burgueses. Hoy es distinto, son las corporaciones, los especuladores y las guerras económicas regionales y globales, las que modifican el presente y siembran para el futuro

 

 

Conocer con anticipación lo que va a ocurrir dentro de un rato, o saber lo que depara el mañana, o tener la certeza de que vamos a estar vivos el año que viene, siempre ha sido obsesión humana. Queremos ganarle al destino, anticiparnos para saber el día, la hora y el modo en que vamos a fallecer, y si antes ganaremos la lotería, o el melate.

Los gobernantes de todos los tiempos han dispuesto de augures y adivinos, otros acudieron al Oráculo de Delfos, otros más, en lo íntimo, en la oración, pidieron a Dios una señal. Los arúspices de todo tipo preceden decisiones trascendentes que transforman el futuro, porque antes modificaron o condicionaron la manera de pensar, de percibir, de ver el mundo, con las respuestas que dieron a quienes los consultaron. Recetaban historia, el pasado.

En medio de sus más bochornosas incertidumbres, los seres humanos que desearon evitar que los acusaran de brujería y los quemaran vivos, dejaron de consultar el vuelo de las aves, o sus entrañas, para buscar respuestas en la astrología. Todavía hay quienes son incapaces de dar un paso sin antes leer el horóscopo, que es la vulgarización de la lectura esotérica de los astros.

Los profetas son de otra estirpe, por ser portadores del mensaje de la divinidad. Sólo después de consumados los hechos anunciados por ellos puede confirmarse su dicho, o es el registro histórico el que los desmiente. Mientras se espera que suceda lo anunciado, lo único que queda es la fe, tenerla, compartirla, predicarla. Entramos al ámbito de la religión.

Los escasos registros que constan de la consulta al Oráculo de Delfos muestran que el fruto del presente se sembró en el pasado, y la semilla del futuro también. Avisó a Sócrates de lo que le ocurriría de continuar con la enseñanza, con la siembra de la duda, con la interrogante perpetua. Transmitir conocimiento es un riesgo, y lo corrió, a nadie culpó de lo sucedido en el pasado, sólo asumió su responsabilidad personal e histórica para esforzarse en modificar -en su medida- su presente, con la idea de que el futuro tuviese la oportunidad de ser mejor.

Antes, mucho antes, en esa época y hasta el siglo XVIII, incidían los intereses personales, los de la nobleza o los de los terratenientes y los burgueses. Hoy es distinto, son las corporaciones, los especuladores y las guerras económicas regionales y globales, las que modifican el presente y siembran para el futuro.

 

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La Costumbre del Poder: Del Oráculo de Delfos a las estadísticas I/V

Gregorio Ortega Molina 3 de junio de 2019 – 00:12
 
Culpar siempre al pasado de las consecuencias del presente y de lo impredecible del futuro, es tirar a la basura los elementos de juicio que permitirían enmendar los errores

Para Elena Fernández del Valle y Franco Carreño Osorio

El pasado tiene dos vertientes. La histórica que a todos nos envuelve y en cierta medida nos condiciona, y la personal. Con ésta se determina el comportamiento presente y se crea, día a día, la carta de navegación para el futuro. La experiencia dista mucho de ofrecer una solución integral, pero aporta los elementos necesarios que permiten discernir qué sí y qué no hemos de elegir para vivir como lo soñamos, lo deseamos o se nos permite.

La vertiente histórica es la hoja de ruta de nuestro lugar en el mundo. Equivale a la lección y la elección de lo que puede construirse como sociedad, y lo que no debe hacerse para echarlo a perder -el presente y el futuro-; con ella establecemos una cultura e identidad nacionales y construimos los referentes para un comportamiento civil, ético y moral que esperamos y deseamos de nuestras figuras públicas: líderes sociales, gobernantes, representantes populares, escritores, pintores, empresarios…

Poco importa que después se conviertan en mitos, de alguna manera parecidos a los usados para edificar la historia patria. El error no es crearlos, se equivocan cuando deciden desmitificar el pasado, porque dejan a buena parte de la sociedad sin referentes civiles y éticos, la despojan de esa idea de heroicidad que se requiere para construir un hogar, una sociedad, una nación, una identidad nacional. Sé que son actitudes que incordian en el proceso de globalización, pero también tengo la certeza de que pueden ser compatibles, porque colaboración, contribución, participación en un esfuerzo general y mundial, no necesariamente es cesión. Doblegar a fuerza es lo que rebela. Revisen la historia y relean, cuando menos, El hombre rebelde, ensayo que decidió a Jean Paul Sartre romper con Albert Camus, porque estableció la estatura moral y la eternidad de las ideas y narraciones del escritor argelino, que dedica El primer hombre a su madre, aunque sabe que no lo va a leer. Fue hijo de una analfabeta. Es ese contenido absurdo que también alienta la vida.

¿Qué determinó que Edipo quedase ciego por mano propia? Saber la verdad de su origen, la confrontación con su pasado. Se quita la posibilidad de ver físicamente su futuro y presenciar cotidianamente el presente. Es la metáfora precisa de la oscuridad que somete -siempre- las decisiones al error o a la incertidumbre, por carecer de referentes propios y compartidos. Lo ocurrido ayer siempre ha de estar presente.

Leo en la página editorial de El País un texto sobre el mismo tema, pero cuyo referente perdí al trasladarlo a mis observaciones:

“Pero este desdén hacia el pasado, que está a la orden del día en todos los campos con el fin de crear ciudadanos no ya ignorantes, sino mentalmente lisiados e intelectualmente indigentes, no trae consigo tan sólo una pobre cultura general y cinematográfica en particular. Si algo me asombra es lo siguiente: somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver y oír el pasado, un pasado…”.

Culpar siempre al pasado de las consecuencias del presente y de lo impredecible del futuro, es tirar a la basura los elementos de juicio que permitirían enmendar los errores.

 

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