Hilo negro del metro

LA COSTUMBRE DEL PODER
24 octubre, 2013.12:01 am
Gregorio Ortega Molina

Los actuales gobernantes de esta ciudad desconocen el uso puntual y claro del lenguaje del poder. Usan eufemismos estúpidos, en la creencia de que su auditorio es ignorante y comprará todos sus cuentos.
Ahora salen, como si fuese el descubrimiento del hilo negro, con que se realizan intensos y profundos estudios, para determinar los mecanismos que permitirán un aumento selectivo en el metro, cuando en otras ciudades del mundo se estableció en ese y otros sistemas de transporte urbano. Se trata de la primera clase.
Aquí el problema no será establecerlo, sino hacer que se respete. Para lograrlo requerirán de un ejército de inspectores, porque la educación cívica de los habitantes de este Distrito Federal, en particular, deja mucho que desear, pues su comportamiento es un constante desafío a la autoridad, a los usos y costumbres con los cuales se han de compartir los espacios sociales urbanos. En la mayoría de las ocasiones en que pueden hacer alarde de su patanería, no se detienen para demostrar que allí están.
Los espacios especiales para mujeres en el metro y en el metrobús, raramente se respetan, pues con el pretexto de que también pueden ser usados por niños, mexicanos con capacidades diferentes (por aquello de lo políticamente correcto, y no referirse a los tullidos e inválidos por lo que son) y distinguidos integrantes de esa tercera edad, en los que las canas y la debilidad los convertirá, de llegar a ser usuarios de primera clase, en víctimas propiciatorias de la delincuencia.
Es la otra vertiente del problema, está la seguridad. Los raterillos y delincuentes de toda laya supondrán, con razón, que quien se paga un pasaje de primera clase tiene un poder adquisitivo que lo convierte en alguien “asaltable”, por el poco dinero en efectivo que traiga, o para ser despojado de sus pertenencias, pues se ha atestiguado desde el robo de zapatos, hasta abrigos, Ipod’s y laptops, y esa joyería barata que suelen exhibir los usuarios del transporte colectivo. No será Cartier ni Tiffanys, pero será útil para comprar la mona o la mota.
Quizá los pelafustanes que usan del metro harían valer sus derechos humanos y presionarían a las autoridades, con el propósito de que no se les discriminara por una diferencia tarifaria, y puedan hacer uso, sobre todo en hora pico, de esos espacios que pronto se convertirán en objeto de codicia y escarnio, al mismo tiempo.
¿Y el comercio ambulante? ¿Podrán entrar los vagoneros a ofrecer su mercancía, a esos “riquillos” que podrían comprarles más que los pelagatos de segunda?
Si por los desmanes causados durante las marchas y los plantones los dejan libres, si el costo social y económico que pagaron los comerciantes del centro y los aledaños al Monumento a la Revolución, nadie quiere asumirlo, con mayor razón lo ocurrido en los vagones de primera clase del metro se convertirá en leyenda urbana, hasta que aparezcan los vengadores anónimos como los que han aparecido en Indios Verdes, o la mata violadores de Ciudad Juárez, porque como no hay orden ni ley que se respete, pues cada quien lo hará como Dios le dé a entender.
Pero claro, Miguel Ángel Mancera es la esperanza de esta ciudad, y sabrá resolver el dilema, para establecer la diferencia entre defeños de primera y de segunda.

http://www.almomentonoticias.mx

AMN.MX/gom

About gregorioortega

HUMBERTO MUSACCHIO Gregorio Ortega es de los pocos escritores mexicanos que han optado por la edición de internet. Primero publicó o subió la novela Febronio y sus fantasmas que en edición Kindle (https://goo.gl/q0mJyj) tiene un precio de 129 pesos con 98 centavos. Ahora acaba de poner en el espacio virtual, al mismo precio de la anterior, otras dos novelas: Sísifo, santo patrono de los periodistas. Narco, guerrilla y poder (https://goo.gl/QNo1aX) y La rebelión del obispo. Ni los vio ni los oyó (https://goo.glMmYZMv). La primera trata del sexenio de José López Portillo y la relación entre el gobierno y los orígenes del narcotráfico, en tanto que la última versa en torno al obispo Samuel Ruiz García, el subcomandante Marcos y Carlos Salinas de Gortari.
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